Un chico adinerado que vivió en Montevideo y desapareció, dejando dudas

El alemán que se creyó espía y provocó el castigo y burla de los "nazis criollos"

En aquellos años, a raíz de estos episodios y de una abundante literatura y filmografía referidas al tema, «se veían» nazis ocultos por muchos lados. Y así como muchos diarios sacaron buen «jugo» para sus principales titulares de aquella situación, no faltaron aventureros y oportunistas que de una forma u otra quisieron, y algunos lograron, obtener beneficios de ella. Uno de estos seguramente fue Hebert Bittner, que en el mes de setiembre de 1966 protagonizó un episodio que por varios días lo tuvo en «el candelero» de la opinión pública.

 

Los hechos paso a paso

Eran las tres de la mañana del lunes. En la redacción del diario La Mañana, Nelson Domínguez, entonces uno de los más prestigiosos cronistas policiales, estaba por retirarse tras una jornada de trabajo sin grandes novedades. En ese instante justamente sonó el teléfono de la redacción. Domínguez atendió.

Contaría luego que una voz «aporteñada» le dijo: «Tiramos a un maldito judío en el Templo Inglés». Inmediatamente el cronista llamó a la Policía y con un fotógrafo salió apresuradamente hacia el lugar indicado que estaba a pocas cuadras de donde estaba la redacción.

Al llegar, encontró a un hombre amordazado, con los brazos amarrados a la espalda y un cartel prendido de la ropa escrito con un «drypen» de trazo grueso en el que se explicaba que se trataba de «un espía judeo-bolche» y agregaba que aquello era el castigo «por meter las narices donde no debía». La nota firmaba: «Heil Hitler».

Relataría luego Nelson Domínguez que el cartel parecía haber sido hecho por un dibujante, sin ningún apuro y que el hombre estaba «grogui» y sólo se le advertía una mancha de brea en la frente. Luego de trasladarlo al Hospital Maciel se comprobó que no presentaba lesiones de importancia más allá del magullón en la frente. Las autoridades en primera instancia certificaron que el atentado no era un simulacro, que en realidad había existido ya que era imposible que el hombre se atara las manos a la espalda en la forma en que estaban apretados sus brazos. Fue identificado como Hebert Bittner y las conclusiones casi inmediatas fueron que no se trataba de un agente secreto y que a lo sumo sería un simple charlatán aventurero que justamente había sido «castigado» por ello.

 

Quien era Bittner

Hebert Bittner algunas semanas antes de este episodio se había presentado en la redacción del diario El País manifestando que era un agente secreto que andaba tras los pasos de Bormann y Mengele, dos de los genocidas nazis más buscados por todo el mundo, y prometió que apenas tuviera noticias de ellos se lo comunicaría al diario. Pero exactamente lo mismo solía contar en algunos bares de los alrededores del puerto donde mantenía largas tenidas de beberaje. Por ello las autoridades consideraron desde el principio que sus alardes de ser un agente secreto eran simple fantasía, ya que la lógica indica que quien realmente ejerce tales funciones no lo anda divulgando en los diarios y mucho menos aún, confesándolo a gritos entre los parroquianos de cualquier tugurio portuario.

Sin embargo sus dichos trascendieron en Montevideo y en Buenos Aires. Corrieron los rumores que un agente secreto europeo estaba en Montevideo buscando a Martín Bormann y a Juan Mengele. En Argentina, existían por aquellos años fuertes organizaciones de tendencia nazi, incluso el movimiento «Tacuara», una organización juvenil de extrema derecha que no negaba sus simpatías por Hitler y su causa, maquillándolo con un exaltado nacionalismo.

En Montevideo mismo, algunos años atrás cuando el suceso de la ejecución de Eichmann en Israel había aparecido al pie del monumento a La Paz, que se encuentra en el centro de la Plaza Cagancha, una ofrenda en su memoria de los «nazis criollos». Según explicara Nelson «Laco» Domínguez , el cronista de La Mañana: «Aún sabiendo que no era un agente, su prédica contra Bormann fastidiaba. Y siempre existía el riesgo de que como aficionado se enterara de algo y lo trasmitiera. Se decidió entonces darle un escarmiento. Una rápida operación comando para la cual pudo haber venido de Buenos Aires algún joven entrenado que actuó al mando de un par de uruguayos». Esta sería » la voz aporteñada» según explicó Domínguez quien agregó: «Para que no meta las narices dice el cartel. Un golpe leve. Si hubiera sido un verdadero y peligroso agente, Bitnner habría muerto».

 

Una vida aventurera por el mundo

Hebert Bitnner nació en Alemania y sus padres vivían en la localidad de Culhaven, tratándose de una familia adinerada que financiaba buena parte de las andanzas por el mundo de su hijo. El pasaporte de Bitnner demostraba que llevaba recorrido medio mundo incluso yendo y viniendo de un lado al otro de la entonces llamada » cortina de hierro».

Siendo muy joven estuvo en la India practicando el deporte del ciclismo, pero en Alemania su país natal fue empleado de la compañía Electrolux, además de asistente de un conocido abogado y también actuó como ciclista semiprofesional. Quienes lo conocieron y pudieron aportar algún datos sobre él, manifestaron que se trataba de un bohemio trotamundos que siempre estaba en busca de nuevas emociones.

Aquí en Montevideo en sus andanzas por la zona del «bajo portuario» conoció una mujer de nombre Ana María que trabajaba en uno de los piringundines y a los pocos días la llevó a vivir como su concubina a una habitación del Hotel Viking. Cuando aconteció este hecho, la mujer estaba internada en el Hospital Saint Bois afectada por una enfermedad bacilar.

 

Tal vez había «un poco de verdad»

Sin embargo, quizás sus dichos no fueran falsos en su totalidad. Descartado que fuera un agente secreto, tal vez algo de cierto habría. Es posible que sabiendo que Bitnner venía para América, algunos amigos suyos judíos alemanes, seguramente con fortuna, le habrían solicitado que si sabía algo de Bormann o Mengele lo comunicara inmediatamente para hacerlo saber a las organizaciones judías cazadoras de nazis. Y ello era factible ya que se sabía que Bormann, el ex jefe de la Gestapo, y Mengele, médico jefe de los campos de concentración y director del genocidio de Auschwitz, que castró prisioneros, dirigió matanzas y los utilizó para experiencias médicas que terminaban con el sacrificio, habían sido aceptados y protegidos por nazis argentinos y paraguayos con complacencia de los gobiernos de turno, inclusive. Era común por aquellos años cuando se sabía que alguien venía para este continente que se le pidiera que si sabía algo lo comunicara. Bitnner aparentemente tomó en serio el encargo o quizás aprovechó la circunstancia para proveerles de algunos datos falsos cada cierto tiempo para alimentar la esperanza de que estuviera sobre alguna pista, recibiendo por ello generosas compensaciones.

Lo cierto es que «se fue de boca» o quizás (¿por qué no?) en la inconsciencia de su búsqueda se acercó casualmente a revelaciones peligrosas, que decidieron aquel «castigo» que luego del impacto inicial, los montevideanos tomaron hasta jocosamente, tanto que el tema fue hasta motivo de más de un cuplé murguero en el siguiente carnaval. El falso espía terminó allí sus andanzas y al menos por estos territorios, no se supo más de él. *

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