La poetisa apasionada que cayó fusilada por un balazo de amor
Si no se hubiese tratado de quien se trataba, quizás la historia habría quedado allí, archivada como un homicidio pasional y un posterior suicidio, tal vez como premeditado pacto de amor. Y los diarios -único medio informativo en aquellos años en que ni la radio ni la televisión existían aún- le habrían dado una relativa importancia.
Pero sucedió que la mujer que había muerto en aquella pieza del barrio Sur montevideano se llamaba Delmira Agustini, era poetisa y además había -o lo estaba haciendo aún- revolucionado la pacatería pueblerina de la sociedad de entonces con sus rimas apasionadas, sensuales, eróticas y desinhibidas. Si en vida alimentó pasiones encontradas, en su muerte no le fue en zaga, derrumbando de golpe prejuicios y falsos convencionalismos de la época.
Su tiempo, su hogar, su infancia
Delmira nació el 24 de octubre de 1886, un año convulsionado en el país. El militar Máximo Santos renunciaba a su cargo de presidente ante la Asamblea General, luego del episodio del atentado que lo hiriera de bala en el rostro durante una función de gala en un teatro de la capital. Terminaba con él un gobierno caracterizado por la corrupción, el autoritarismo, los despilfarros y desórdenes financieros y violaciones constitucionales. Ese mismo año asumiría tras la revolución del Quebracho, el general Máximo Tajes la primera magistratura del país.
Delmira se crió rodeada del mundo natural de una familia montevideana constituida en base a los cánones de su época. Hija única de un matrimonio de posición económica desahogada, fue sobreprotegida por el amor de sus padres, rodeada de muñecas y regalos. Nada hacía sospechar tal vez, allá en los últimos años del siglo XIX, cuando ella correteaba su infancia y amanecía a su adolescencia, su trágico fin, pero por sobre todo su removedora experiencia de vida. Mucho menos aún que su nombre alguna vez aparecería en las crónicas policiales del diario «El Siglo» con toda la «retorcida» literatura casi folletinesca de un cronista sorprendido por su muerte y las tortuosas repercusiones de la historia.
La mujer y la poetisa
Es muy difícil separar a Delmira «mujer» de Delmira «poetisa». Porque una y otra están íntimamente ligadas entre sí, casi resulta imposible a cualquiera de las dos sobrevivir independientemente. Desde niña su vida anduvo vagabundeando por los sueños… Le costaba acercarse a la rutina doméstica y a las convencionales lecciones de aritmética y geografía. Inútiles eran los esfuerzos de los maestros. Delmira deambulaba por mundos propios, fantaseaba, jugaba con la imaginación y era imposible controlarla.
Adolescente ya, comenzó a madurar su cuerpo con una belleza singular, casi inesperada, y sus ojos adquirieron un tamaño de asombro, que llenaba su rostro de una profunda y particular simetría. Su cuarto seguía lleno de muñecas, de todos los tamaños, ricas y pobremente vestidas, de porcelana y muchas de ellas simplemente de trapo y a todas ellas les retribuía el mismo amor. Su carácter parecía no desarrollarse simultáneamente con su cuerpo. Mientras éste asumía su realidad de crecimiento y apuntaba en formas sensuales, aquel seguía disfrutando con la infancia en arrumacos pedidos y otorgados. Y así continuaría hasta el final de su efímera vida. Hembra ardorosa en la medular revolución de sus rimas y en la entrega de su amor pleno y sin límites y niña vital, inocente, casi «tontuela» -al decir de alguien de su tiempo- en la intimidad de sus afectos.
Clara Silva, poetisa contemporánea de Delmira refiere sobre su «falsa infantilidad de la vida hogareña» y la define «en contraste con la doble profunda índole erótica e intelectual de su poesía» y luego expresa con asombro por que «sin experiencia de amor carnal haya podido llegar a dar las más pasionales y profundas experiencias de la sexualidad que mujer alguna diera». Por su parte, otra mujer de su época, Dora Isella Rusell al respecto dejaba entrever sus dudas expresando: «¿Fue tal esa inexperiencia? Ella se envolvía en su dualismo anímico. ¿No habrá disimulado del mismo modo una vida amorosa secreta? ¿Adónde iba entre las 2 y las 5 de la tarde cuando su madre dormía la obligada siesta prescripta por el médico? No olvidemos que atraía física y espiritualmente a los hombres que no los eludía…?». Quizás allí, en ese misterio de su vida, estuvo la razón de su muerte.
El amor
Enrique Reyes mantenía una estrecha amistad con Delmira, relación ésta no bien vista -ni aceptada- por los padres de la joven. Muchos creen que las citas clandestinas de la siesta, en el jardín de la residencia familiar de San José 1186, eran precisamente con él. Sin embargo, la oposición familiar consiguió separarlos por un largo tiempo, mientras ella continuaba alternando las tertulias literarias y llenando de fuego los salones con sus encendidas rimas plenas de invocaciones e insinuaciones carnales.
Tras varios almanaques de ausencia, Delmira y Enrique volvieron a encontrarse. Y el fuego que nunca se había apagado entre ellos se reavivó y ya nada pudo impedir la concreción del amor. Dos meses después aquel Montevideo de peinetones, miriñaques, mostachos engominados y tranvías de caballitos, comentó con asombro -y muchos con envidiosa sorna- la noticia. Alguien dijo -según contara el periodista Luis Alberto Varela en una crónica- que «era la primera vez que una poetisa glosada por Rubén Darío se casara con un rematador…». La ceremonia finalmente se llevó a cabo el 10 de agosto de 1913 y fueron testigos de ella el doctor Zorrilla de San Martín y Manuel Ugarte.
El breve idilio
Por breve tiempo la pareja desapareció de todo y de todos. Los hombres en la intimidad murmuraban sus fantasías imaginando a Enrique exhausto entre los brazos de la insaciable Delmira y las mujeres también exacerbaban sus lujurias reprimidas con parecidas elucubraciones. Sin embargo, poco tiempo después un rumor ganó la calle: «Delmira está hastiada… no ha sido saciada por su hombre…» decían algunos y otros más atrevidos «fue poca agua para tanto fuego». Tiempo después, la misma Delmira confirmó su separación al solicitar su divorcio ante la Justicia Civil. Ella regresó a su hogar paterno y él, triste y desconsolado, alquiló una habitación en la pensión de la calle Andes 1206 casi Canelones. Enrique, profundamente enamorado, había convertido su cuarto en una especie de templo para adorar a Delmira, llenándolo de fotos y cuadros con su imagen, manuscritos suyos, prendas y otros recuerdos.
Pero lo que todos ignoraban, incluso los más íntimos allegados ambos, era que la mujer luego de su divorcio concurría puntualmente «los días de novio», jueves y domingos a visitar a su ex esposo, ahora como amante. Aquel 6 de julio de 1914, Delmira había llegado como siempre a las 4 de la tarde y había entrado al zaguán sin llamar e ido directamente a la habitación de Enrique. Pocos minutos después se escucharon dos disparos de arma de fuego alterando la siesta de la vieja pensión. De allí en más Delmira saltó abruptamente de las columnas literarias de revistas y diarios montevideanos a las truculentas crónicas tintas en sangre.
Los partes policiales dieron cuenta de algunos detalles del caso. Enrique sobrevivió dos horas. Ella fue encontrada muerta caída a los pies del lecho con una de sus manos crispada contra el pecho, denotando el esfuerzo de una gran convulsión. Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos. Cuentan que ni el rictus de la muerte puedo alterar su belleza.
En aquella pieza del barrio Sur había muerto fusilada por un balazo de amor aquella mujer que hiciera decir a Rubén Darío: «De cuantas mujere
s hoy escriben versos, ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira, por su alma sin velos y su corazón de flor.
A veces rosa por lo sonrosada y a veces lirio por lo blanco. Y es la primera vez en la lengua castellana que aparece un alma femenina en el orgullo de la verdad de su inocencia y de su amor, a no ser Santa Teresa en su exaltación Divina. Ella lo había cantado admirablemente:
¡Ah, más grande no fuera
tener entre las manos
la cabeza de Dios!». *
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