Se fueron apurados del banco y dejaron la puerta principal abierta de par en par
El caso, inédito por cierto no sólo a nivel nacional, tiene ribetes sensacionales por las cosas que pasaron antes que la Policía se diera cuenta de que la institución financiera dio un handicap nunca visto a ladrones oportunistas que siempre están al alpiste ante el más mínimo descuido.
De no mediar un hecho puramente anecdótico, seguramente ayer a media mañana los empleados de la sucursal del ABN, ubicada en San Martín esquina Yatay, hubieran ingresado a cumplir sus funciones sin necesidad alguna de que alguien les franqueara el ingreso.
Resulta que en horas de la tarde y avanzada la noche del jueves, un numeroso grupo de jóvenes eligió prácticamente la entrada del banco para sentarse a libar vino como si se tratara del festejo de Fin de Año.
Muchachos alegres
Las botellas vacías empezaron a volar de un lado para el otro y el almacenero del barrio estaba loco de contento por la inesperada venta de la uva procesada.
En rigor, los muchachos no estaban haciendo nada malo y ni se imaginaban que el banco que estaba a sus espaldas ofrecía la facilidad de una entrada gratuita como si fuera un museo para realizar un tour entre mostradores, cajas registradoras, cofres de seguridad y el tesoro a supuesto buen recaudo detrás de gruesas puertas de acero.
Sin embargo, un par de vecinos observadores, que siempre los hay, temieron que los jóvenes se pasaran de la raya y resolvieran arrojar alguna botella contra los ventanales vidriados del banco. En prevención, porque realmente sería una injusticia si los cristales se rompían, resolvieron comunicarse con el 911, informando sobre la presencia pacífica del grupo, aunque dando a entender su temor por lo inesperado.
Todo normal
Dos unidades del Cuerpo de Radio Patrulla acudieron al lugar a velocidad moderada, después de todo el anuncio no ameritaba una urgencia extrema.
Cuando los funcionaros policiales llegaron a la esquina reseñada no encontraron nada. Ni un solo joven, ni una sola botella. Un agente le dijo al otro, «viste, yo te dije, no pasa nada, se estarán tomando unas copitas».
De todas formas el deber pudo más que la observación primaria y resolvieron descender de sus unidades para hacer una inspección en los alrededores, menos en el banco que estaba intacto, por lo menos a primera vista.
«Bueno», dijo uno los policías, «hay un llamado, vamos». Fue en ese momento que uno de sus compañeros que se encontraba recostado a la puerta principal del banco casi se cae de espaldas, porque las dos hojas se abrieron como si fuera un libro.
Asombrados, todos los uniformados se dirigieron rápidamente a la entrada de la sucursal y comprobaron que, efectivamente, se encontraba abierto como si fuera hora de atención al público. De inmediato dieron aviso a la Mesa Central de Operaciones, desde donde se comunicaron con las autoridades de la institución financiera que, como una exhalación, acudieron a comprobar lo inexplicable.
No fue necesaria una exhaustiva investigación: el último que se había ido del banco el día anterior se olvidó de pasar llave a la puerta principal.
El caso no amerita una corrida bancaria, tampoco hay que ser tremendista, pero que a los depositantes del banco les corrió un sudor frío por la espalda, les corrió. *
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