Pastora metodista: "La cárcel plantea represión y también genera violencia"
La pastora metodista Araceli Ezzatti –quien trabajó durante ocho años con la población carcelaria– se manifestó contraria a la utilización de la cárcel como método de rehabilitación de los presos por considerarla represiva. A partir de 1990 la Iglesia Metodista comenzó a ejecutar un programa que procuraba la reinserción social de los presos. Pero esa idea inicial fue modificada por el equipo multidisciplinario, teniendo en cuenta que los reclusos purgaban penas largas, y por lo tanto el trabajo debía estar orientado a sobrellevar la vida detrás de las rejas.
La pastora Araceli Ezzatti fue pilar fundamental en una obra que se extendió durante varios años en el Penal de Libertad y en el Comcar. Con motivo de emprender nuevas actividades, la metodista debió abandonar desde 1998 las periódicas visitas a la cárcel. Actualmente está elaborando un libro con su experiencia recogida intramuros. Mientras tanto, espera que la iglesia designe un sucesor que retome las actividades en las cárceles para recuperar el espacio ganado años atrás.
Entrevistada por LA REPUBLICA, la pastora afirmó que la pena carcelaria no es el mejor camino para la rehabilitación del recluso. «La cárcel presenta un planteo represivo que por su accionar genera violencia. La energía que tienen los reclusos no es canalizada en forma digna y creativa». Según dijo, en sus visitas apreció un sistema «inflexible e inoperante» que fomenta el tiempo ocioso, la imposibilidad de concretar proyectos y la pérdida de hábitos de trabajo y habilidades.
Es partidaria del manejo de las cárceles por parte de personas preparadas para atender a los reclusos, ya que a su entender la Policía no está especializada para cumplir con esta finalidad. Ezzatti, junto a un abogado, un psicólogo y un profesor de música, asistía semanalmente al Penal de Libertad donde formaron un grupo de 25 reclusos que permaneció funcionando durante cuatro años.
En ese período constataron el flagelo del sida, el «hacinamiento de reclusos, continuas requisas donde el preso se quedaba sin sus pertenencias, mala comida, excesiva humedad y olores nauseabundos».
También vivieron la «epidemia» de suicidios –algunos de estos presos integraban su grupo de trabajo– y estuvieron dentro del establecimiento penintenciario en el momento que estalló un levantamiento. En los ocho años de visitas –tanto en Libertad como Santiago Vázquez– la pastora sintió la incertidumbre de encontrarse con lo inesperado, ya que no sabían si les permitía el ingreso. «Existen leyes internas del penal que rigen. En ocasiones se nos negaba la entrada sin explicar los motivos, dependiendo de la voluntad o el trato despótico de la guardia», explicó la pastora.
A veces la delegación metodista llegaba cuando se producían fugas de reclusos, huelgas de hambre o un conflicto interno y a partir de una orden quedaban semanas o meses sin poder ingresar.
«Esta determinación disgustaba tanto a nosotros como a los propios reclusos que nos veían irnos desde sus celdas. Ellos se perdían el encuentro que significaba horas de distracción y comunicación y la oportunidad de poder enviar mensajes a sus familias que hacía tiempo no los visitaban», recordó la metodista.
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