La toma de rehenes desnudó una realidad continental

Crece la violencia en América Latina

Los brasileños se estremecieron por la muerte en directo de una joven de 20 años a la que un asaltante utilizó como escudo para intentar huir tras secuestrar a 11 pasajeros de un ómnibus en Rio de Janeiro. Pero también quedaron pasmados al enterarse de que sólo dos de las cuatro balas halladas en el cuerpo de la mujer procedían del arma del secuestrador, y que éste fue asfixiado por los oficiales que lo trasladaron herido al hospital.

El miércoles por la tarde en Argentina, las cámaras captaron el momento en que un cuerpo policial de elite ponía fin, esta vez sin muertos ni heridos graves, al secuestro de tres personas en una gasolinera bonaerense. Estos trágicos episodios se suman a otros que últimamente poblaron las crónicas rojas del continente, como la pesadillesca muerte de una hacendada colombiana, decapitada con un collar-bomba por negarse a pagar una extorsión.

Esos extremos, así como el sentimiento de inseguridad que reina en muchos países, no son casuales ni infundados, como lo demuestran las estadísticas. Con un asesinato cada 13 minutos, Brasil es uno de los países más violentos de la región, y el que registra mayor número de homicidios por año (casi 42 mil en 1999, un 23,5 por ciento más que hace diez años, según datos del Ministerio de Justicia).

Asesinatos

No obstante, Colombia es la nación con el índice más alto de asesinatos: unos 30 mil se cometieron en 1999, lo que equivale a 78 cada 100 mil habitantes, sin contar unas 3.000 muertes al año en el marco del conflicto armado interno, según cifras de instituciones públicas y privadas. Honduras y Jamaica (64 asesinatos cada 100 mil habitantes) superan a Brasil (24), de acuerdo con un informe publicado a comienzos de junio por el influyente semanario brasileño Veja.

Por otra parte, América Latina ostenta el doloroso honor de contar con el país en el que ocurren más secuestros en el mundo: Colombia, con casi 3.000 casos en 1999. Muy atrás en la lista vienen México (62), Brasil (51) y Guatemala (24 en lo que va del año), según cifras oficiales. En México, una encuesta del diario La Reforma señaló que entre noviembre de 1999 y enero de 2000, uno de cada 10 mexicanos fue víctima de actos violentos, pero solamente el 32 por ciento presentó denuncia debido al «muy bajo nivel de confianza en las autoridades encargadas de procurar la justicia».

Los argentinos tampoco se fían de sus autoridades policiales. El 86,2 por ciento de la población urbana (la mayoría de los habitantes del país), dice sentirse insegura de acuerdo con recientes encuestas, que también muestran bajos niveles de confianza en la Policía. Según el Ministerio de Justicia, los argentinos enfrentaron en 1999 un promedio de casi 3.000 delitos al día (28 por ciento más que en 1997). No obstante, sólo 1,26 por ciento de los delincuentes recibieron condena.

Mano dura

Incluso los habitantes de Costa Rica, uno de los países política y socialmente más estables de la región, tienen de qué preocuparse: los asesinatos, por ejemplo, pasaron de 311 entre 1985-87 a 575 entre 1995-1997. Sólo Perú y Cuba muestran un descenso del número de delitos en los últimos dos años (10 por ciento y 20 por ciento respectivamente).

El sentimiento de inseguridad y la percepción de inoperancia de las autoridades ha llevado a que se multipliquen los actos de «justicia por mano propia». El miércoles, el portavoz del Comité para la Defensa de los Derechos Humanos en Honduras (Codeh), Julio Velásquez, dijo a la AFP que las ejecuciones extrajudiciales de presuntos delincuentes –más de un centenar menores de edad, particularmente niños de la calle– totalizan 250 desde enero de 1998.

A fines de abril en Ecuador, dos presuntos ladrones de 19 y 20 años fueron quemados vivos –uno atado a un colchón y otro en una hoguera– en un humilde barrio de Guayaquil (suroeste). Si es cierta la máxima popular de que «la violencia engendra más violencia», también puede decir que engendra discursos oportunistas, que tratan de explotar los miedos de la población proponiendo «mano dura» como única solución para resolver el problema.

El ex «carapintada» argentino Aldo Rico, que llegó a ocupar fugazmente el cargo de ministro de seguridad de la provincia de Buenos Aires, es uno de los principales exponentes de esa tendencia en la región. (AFP)

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