La inseguridad toledana
¿Qué hacer cuando se sabe que se está desprotegido? Fui víctima en dos meses de tres hurtos domiciliarios en la ciudad de Toledo, Canelones. Por más que busco alternativas para evitar el ingreso a mi domicilio por parte de rateros de baja monta, todo intento se frustra, ante la ausencia de vigilancia, y al «yo no vi nada».
¿Qué expectativa tengo? La resignación, tal vez. Vivir con lo mínimo indispensable, porque se tiene la certeza de que si no es hoy, será mañana, las escasas pertenencias que uno pudiera tener pasarán a otras manos, o vendidas por unos pesos en alguna feria o a algún residente del lugar.
Podría reforzar las medidas de prevención. Ya lo hice, pero igualmente de nada sirvió. Cambié la puerta por una más reforzada, incrementé la iluminación. Lamentablemente, los gastos en seguridad aumentaron pero los bienes se fueron proporcionalmente perdiendo.
Un día, los ladrones remangaron la puerta de hierro y sólo fueron por la televisión. Poco después, en una zona cercana a mi residencia, vendían un aparato de la misma pulgada y marca a $ 500.
Hace cuatro días, al despertarme, me encuentro con que el contador de agua había desaparecido mientras el agua no dejaba de salir por la cañería. Los funcionarios de OSE de Toledo me aconsejaron no preocuparme porque era habitual el hurto de contadores, y que me daría cuenta de eso cuando dejara de salir agua de la canilla.
Los empleados del ente, según indicaron, deben reponer en dicha ciudad 10 contadores al día por robo.
Se dice que estos aparatos de medición se venden para la fundición de bronce o parte de ellos son utilizados a fin de convertir a gas automóviles de combustión.
La última perla fue el día sábado, por la noche, cuando me ausenté por dos horas. Gente de la cercanía, presumiblemente vigilando mis movimientos, observó mi retiro y aprovechó ese tiempo para limar los barrotes de la reja, romper un vidrio e ingresar para llevar algunas pertenencias, algunas de ellas de muy escaso valor e insólitas. Mi decepción es que la denuncia ante la comisaría la percibo simplemente como un formalismo o un acto burocrático. Expresar mi estado civil, domicilio, edad y cuánto avalúo las pertenencias robadas. Después nada. Al rato llega un vehículo policial, realiza prácticamente las mismas preguntas, alumbran con un foco los alrededores o preguntan a alguien si vio algo y se van. Después la nada. Ni patrullaje en la zona, ni averiguaciones profundas. No solicito un trato privilegiado, pero pretendo un poco de seguridad que me dé la tranquilidad de llegar a mi casa, y tener la recompensa del trabajo. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad