Recluso fugado de la cárcel vivió 3 años en un túnel construido debajo de la cama
La captura de Ernesto Fabián Silva Santos, de 34 años, fue radiada a todas las reparticiones policiales del país. Silva Santos, al momento de su huída cumplía condena por haber cometido múltiples rapiñas y además contaba con otros antecedentes penales.
Una de las características más salientes del delincuente era que siempre se las ingeniaba o bien para salir limpio en un interrogatorio, por ser hábil declarante, o bien para escapar de sus captores cuando la Justicia ya había determinado su destino entre rejas.
Funcionarios de Delitos Complejos tenían en la mira a varios escapados de la cárcel, pero el que más les llamaba la atención era precisamente Silva Santos, pues conocían de sobra la cantidad de amistades que el sujeto tenía en el barrio 40 Semanas.
El fantasma
En razón de ello, en varias oportunidades los policías de la citada repartición hicieron guardia discreta en los alrededores de su casa, aunque el sujeto nunca aparecía. Una noche, sin embargo, uno de los investigadores comentó a su superior que alguien había entrado a la finca como una exhalación en horas de la madrugada.
Mire, casi no pude verlo, pero me pareció que era un hombre, le dijo el policía al comisario de Delitos Complejos.
Con la orden de allanamiento expedida por el juez se montó un operativo especial y en horas de la mañana del siguiente día los funcionarios irrumpieron en la vivienda y la revisaron palmo a palmo. En la casa había una mujer y un niño, nadie más.
Frustrados en un principio los investigadores, después de meses y meses de búsqueda, resolvieron retirar momentáneamente la vigilancia.
Empero, a principios de marzo el procedimiento de vigilancia volvió a instalarse con las mismas características. A la cuarta noche otro de los funcionarios del citado Departamento vio exactamente lo mismo que su compañero y se lo relató al comisario que montó en cólera. Este tipo duerme en la casa, dijo mascullando rabia.
El topo
Decidido a localizarlo y con la certeza de que el fugado, pese al tiempo transcurrido, seguía yendo noche por medio a su antiguo hogar, el oficial solicitó nuevamente la correspondiente orden de allanamiento.
Ayer de mañana, bien temprano, el oficial y cinco subalternos irrumpieron en la finca. Luego de revisarla encontraron nuevamente sólo a la mujer y al niño.
El oficial no podía creerlo, corrió la cama de matrimonio un metro y medio de donde estaba instalada y comenzó a golpear con sus nudillos el suelo de madera, mientras sus subalternos lo miraban con un dejo de asombro.
Los golpes sonaban secos, firmes, hasta que en determinado momento uno de los nudillos arrancó un sonido hueco del piso. El oficial miró a sus hombres que rápidamente extrajeron sus armas de reglamento y apuntaron hacia el lugar.
Con una sonrisa de satisfacción en su rostro, el oficial retiró una pequeña alfombra, sacó un alicate de su bolsillo y lentamente fue levantando una de las maderas.
No tiren, no tiren, se escuchó una voz de ultratumba. De ahí en más siete maderas fueron arrancadas en menos de un minuto, quedando al descubierto un túnel de cuatro metros de profundidad. Allá abajo estaba Don Ernesto.
«Subí quietito, no toques nada de lo que tenés al lado», dijo el oficial y el impenitente prófugo colocó sus pies en las hendiduras que siempre le habían servido de escalera y rápidamente subió empapado en sudor.
Uno de los policías bajó al túnel y allí encontró restos de comida, una riñonera y un revólver calibre 32 con todos sus proyectiles.
Anoche el detenido era intensamente indagado pues se daba por descontado su participación en rapiñas aún no aclaradas. Además varios testigos fueron citados a fin de proceder a su reconocimiento. *
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