José ya sabe que todo se acaba
José es una especie de don Menchaca y comisario de Cerro Mocho, pero con perfiles distintos de acuerdo a de qué se trate. Puede aparecer soberbio como un zorro de historieta blandiendo su sable justiciero o simplemente mezclarse en una bailarata tropicalera, al mejor estilo de cualquier galancito de teleteatro venezolano de la media tarde y tomarse todo, desde el escocés importado hasta el agua de los floreros.
Pero José desde hace mucho tiempo se dejó conquistar por el extraño embrujo del poder. Eligió para vivir una región llena de paisajes, casi impresionantes, y allí fue entretejiendo su propio «Macondo» novelesco, mientras él se reconocía en la estampa de un coronel de medio pelo que sin embargo era dueño y señor de todo y de todos.
Galán empedernido, los sobrios uniformes de botones dorados hicieron de él un apetecible bocado para damiselas en edad de merecer (y no). Y fue así que comenzó a zaherir con los dardos de sus apasionados carcajs, trémulos corazones enamorados.
Pero José, al fin y al cabo, era una especie de soldado. Y sus genes le instaban a proveerlos de emociones más fuertes. Y llegó al prostíbulo, y encontró allí a más de una mujer que más allá del servicio usual, le dio a José, por ser quien era, mucho más que a los demás. Y además, gratis.
Y en el medio de aquel «Macondo» microscópico sació en ellas sus violencias, las golpeó, las humilló y algunas de ellas terminaron intoxicadas de alcohol y con las huellas del castigo en su cuerpo en la cama de un hospital cercano. Y el José de nuestra historia seguía afanándose de su impunidad, de su poder, de sus amigos.
José grita su inocencia. Incluso amenaza a quienes lo acusan. Y jura que tiene siempre a mano a seis o siete testigos que estarán con él siempre que se le acuse de algo.
José, sin embargo, ya no es el de antes. Sigue uniformado, los botones de su chaqueta siguen dorados y seguramente sus amigos y los cinco o seis testigos permanentes lo rodearán hasta el final.
Pero José sabe que cualquier día de éstos todo se acaba. Como el whisky y el agua de los floreros. *
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