La vida no es una parodia
El Teatro de Verano estaba rebozante de espectadores. Esa noche además se sabría quiénes serían los que obtendrían el derecho de pasar a disputar la liguilla final. El grupo de muchachos desplegó en escena todo su espectáculo, lleno de colores, de música, de poesía. En las plateas se escuchaban los grititos destemplados de cientos de adolescentes que agitaban pancartas, vinchas y fotos con el nombre de su grupo preferido. Humo, luces y reflectores aportaban también una especie de magia a la geografía imponente de las canteras del Parque Rodó.
El Carnaval eterno, el incontenible y siempre sorprendente Carnaval uruguayo, vivía la noche del domingo una de sus jornadas más trascendentes. Cuando el grupo de muchachos bajó de escena, fueron rodeados por decenas o cientos de admiradores y admiradoras, Más de estas que de aquellos. Adolescentes muchas de ellas de no más de 14 o 15 años. Y entre todos aquellos muchachos que bajaban del escenario para despedirse de su público entre los pasillos, había uno de ellos que lloraba, con un llanto que a muchos les pareció inexplicable. Ese hombre sin embargo, es uno de los más «veteranos» del grupo, con más de treinta años, y además nacido y criado entre bambalinas de tablados carnavaleros.
La mañana del domingo había castigado ferozmente a su mujer y lo habían procesado sin prisión por violencia doméstica. En la noche, se pintó la cara, se vistió de payaso y salió al escenario a cantar. Antes, como todos los días se había reunido con los demás integrantes del grupo en el club de basquetbol de la Avenida Millán, donde tenían su local de ensayos.
Y allí también estaban las «fans» adolescentes, buscando autógrafos, sonrisas y veladas caricias con las que luego alimentar sus fantasías. El hombre de esta historia, sedujo a una de esas niñas de apenas 14 años de edad y mantuvo con ella relaciones sexuales, según dice con consentimiento de la menor.
Sin embargo, ayer mismo fue nuevamente procesado, pero por el delito de atentado al pudor. Cuentan que cuando estaba frente a la fiscal firmando el acta del proceso, sonreía y preguntaba si en el «autógrafo» agregaba «con cariño». Según algunos testigos del caso, e incluso de los propios funcionarios judiciales que presenciaron cada uno de sus actos, pareciera que este tristísimo payaso no ha llegado a darse cuenta que la vida no es una parodia. *
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