Hoy se realiza la reconstrucción que podría aclarar la situación

Cinco procesados sin condena reclaman por su inocencia

«Es desesperante, a mi hijo le arruinaron la vida», dice Raquel Morales, una madre que se ve obligada a ver cómo su hijo está en prisión hace dos años, sin condena y con la convicción de su inocencia.

Para entender esta historia hay que retroceder en el tiempo. Los hechos sucedieron el 23 de diciembre de 2001, cuando en un bar ubicado en el kilómetro 24,500 de la Ruta 101 se desencadenó un copamiento que terminó con el saldo de un muerto, aunque las circunstancias aún permenecen en el más insondable de los misterios.

Días después fueron detenidos y acusados cinco chicos veinteañeros (Oliver Aires, Sebastián Vezzoli, Sergio Gómez, Sergio Sobrero y Víctor Araújo), cuya única relación era juntarse en Barros Blancos para ver la vida pasar, como tantos.

Fueron a parar en primera instancia a la comisaría de Lagomar, donde sus abogados aseguran que fueron sometidos a una sistemática sesión de maltratos. Luego fueron remitidos a la Cárcel Departamental de Canelones, al menos hasta el último motín, cuando cuatro de ellos fueron trasladados a la cárcel de Libertad y depositados en el módulo reservado para los reclusos de alta peligrosidad.

El joven restante continúa en Canelones, y se maneja que podría pasar al Musto, a pesar de que legalmente no sería posible. «En fin, cosas que pasan», podrá decir algún escéptico.

Lo cierto es que los abogados defensores de los chicos se encuentran molestos porque entienden que son inocentes. Es por eso que, junto a la Fiscalía, se preparan para presentar pruebas complementarias. Y aunque algunos de los profesionales sostienen que no es necesaria una reconstrucción porque no cometieron delito alguno, de todas formas, hoy a la mañana se llevará a cabo la misma.

Más preguntas que respuestas

Dentro de los elementos que se manejan como forma de interrogante, los abogados se preguntan cómo es posible que los supuestos delincuentes fueran identificados, ya que se encontraban con pasamontañas y capuchas, al tiempo que sus víctimas se encontraban en el piso y boca abajo.

A los inculpados les «cayeron» porque usaban championes y prendas parecidas a las utilizadas por los copadores. Incluso, de la Asociación de Magistrados se estableció que todo el proceso se trató de una «aberración jurídica». Lo cierto es que la cárcel se les adjudicó por dos delitos de rapiña en reiteración real, pero del muerto nada se sabe, no se les culpa a ellos, pero tampoco se conocen mayores detalles.

Sebastián Vezzoli, el hijo de Raquel Morales, presentó 18 testigos que afirmaron sin titubear que el inculpado estaba en Las Piedras en el momento en que se desarrollaban los acontecimientos. Pero eso tampoco sirvió de nada. Para colmo, uno de los testigos presentados por la gente del bar es un conocido reducidor con antecedentes e informante de la Policía.

Como si eso fuera poco, el comercio fue denunciado por vender productos de contrabando, algo que parece no tener mayor importancia.

Para algunos de los abogados, el asunto es un ajuste de cuentas en el que seguramente la Policía tiene algo que ver, pero ser pobre ya es motivo suficiente para caer en la trampa, y eso parece ser que está ocurriendo con los acusados, cuyos nombres partieron desde la propia Policía.

Como para adornar aun más la complejidad del caso, sobre la institución policial recaen varias denuncias por maltratos y torturas.

El abogado de uno de los chicos aseguró a LA REPUBLICA que en la comisaría de Lagomar fueron colgados de los brazos y apaleados durante horas, a pesar de lo cual siguieron sosteniendo su inocencia.

Después fueron procesados por el Juez de Feria, y pese a ser primarios absolutos, el trato brindado es similar al que se le da a los delincuentes más peligrosos.

«No son delincuentes, son absolutamente inocentes», afirma uno de los defensores, quien recuerda que la última vez que vio a su cliente se encontraba engrillado y esposado en un módulo de acero, como si se tratara de un Hannibal Lecter criollo, aquel personaje que metiera miedo en «El silencio de los inocentes». El tema promete no agotarse acá, y todo indica que las implicancias podrían ser por demás escandalosas. Habrá que esperar a que la vieja y lenta Justicia haga su trabajo. *

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