Cómo el secuestro "express" se convirtió en una pesadilla diaria

El más duro flagelo argentino de estos días llega a Uruguay

Al salir de sus hogares deben controlar atentamente que nada haya cambiado en el entorno domiciliario. Hacen todos los días caminos distintos para llegar al trabajo; los coches han dejado de ser ostentosos, y en los casos más paranoicos, han blindado modelos estándares. Tampoco hacen lavar el auto, y mucho menos, les colocan sofisticados aparatos de audio. Dejaron de usar trajes, corbata, ni alhaja alguna que denote riqueza. No llevan encima tarjetas de crédito, aunque sí un poco de dinero, por si les roban o secuestran. Aprendieron en carne propia que los secuestradores son violentos, y se encolerizan cuando las víctimas no tienen un peso encima.

La vida de ejecutivos, empresarios, deportistas, estrellas de la farándula…. de todo aquel que cuente con dinero, y la vida de sus esposas, hijos, y padres, se ha vuelto un calvario en Argentina.

Después de las crisis dictatoriales, de las económicas, ahora la seguridad es la que entró en una etapa crítica a niveles pocas veces vistos a lo largo de su historia. Durante 2002, se registraron 165 secuestros; en lo que va de 2003, son 217: si se suman los que no han sido denunciados, seguramente ascienden a más de uno cada día. Los demás delitos crecieron en Argentina un 290 por ciento. Cada cuatro días se registra una muerte violenta en Buenos Aires. Durante 2003 hubo alrededor de 3.000 homicidios en Argentina, cifra que se aproxima al patetismo colombiano.

Hoy, mientras la Policía provincial tiene 47.000 efectivos en la capital, las agencias privadas cuentan con casi 90.000 funcionarios. Pero dentro del espectro delictivo, los secuestros, particularmente los denominados «express» se han convertido en una pesadilla.

 

Uruguay estaba a salvo

Los famosos, y los adinerados que no lo son, están convencidos que sus cabezas literalmente «tienen precio» en el mercado del secuestro argentino. Quienes pudieron hacerlo abandonaron el país, y quienes no, se resignan a la ley del «sálvese quien pueda».

Buenos Aires dejó de ser una ciudad colmada, a los ojos uruguayos cuando menos, de automóviles de lujo y camionetas 4×4. Los restoranes de lujo languidecen, aun en medio de guardias excesivas: los comensales temen ser seguidos al salir, que no secuestrados dentro de los mismos. Algo igual ocurre con las discotecas de moda, más desoladas por la crisis del miedo que por la destrozada economía de muchos de sus asistentes.

El terror hizo que de manera discreta empresarios como Franco Macri y Eduardo Constantini entre otros, decidieran trasladar sus domicilios particulares y familias a Uruguay. Diariamente las avionetas cruzan el río, trayendo a bordo a quienes desean dormir tranquilos, gracias a un viaje que apenas supera los 20′.

La revista argentina Veintitrés afirmaba el año pasado que las inscripciones de hijos de argentinos ricos, en colegios uruguayos se había multiplicado. Identificar esa realidad en Montevideo al menos implica atravesar una casi hermética muralla de silencios. Algo más abierto es en Punta del Este, donde las jerarquías del Instituto Argentino Uruguayo reconocen el aumento de argentinos matriculados, señalando que no ha habido traspasos traumáticos. «Casi todos han tenido de cerca la experiencia de un familiar, amigo o conocido secuestrado: estar aquí es el precio para no correr el mismo riesgo», afirmaron fuentes inmediatas al Instituto.

 

El secuestro «express»

La modalidad más temida por los argentinos es el secuestro «express» que, a diferencia de los secuestros planificados, carece de una previa tarea de logística e inteligencia. En realidad, se trata simplemente de algunos individuos que salen a buscar víctimas en la calle. Quien lleve ropas, artículos de valor, o conduzca un automóvil de lujo está bajo riesgo. Los potenciales secuestradores buscan víctimas en estacionamientos de centros comerciales de nivel, barrios residenciales, concentraciones de oficinas… Sin mayor trámite las encañonan con armas cortas, presionándolas bajo amenaza, por lo general a conducir sus propios vehículos ahora secuestrados, o trasladándolos a otros rodados. Circulan por la ciudad obligando a las víctimas a comunicarse telefónicamente con sus familiares para pedir rescate. El dinero debe ser cobrado en el menor tiempo posible ya que casi nunca tienen previsiones para mantener a sus víctimas secuestradas más de ese mismo día. La estadística policial en Argentina revela que el 90% de los secuestros «express» se consuma en horas de la mañana y en la mayoría de los casos contra mujeres. Casi el 85% de los secuestrados fueron mujeres solas conduciendo un automóvil; del resto casi la mitad fueron secuestros contra dos mujeres solas. Las autoridades argentinas afirman que los daños causados a estas víctimas han sido más sicológicos que físicos, en tanto los secuestradores sólo buscan dinero rápido con mínimo riesgo para ellos.

 

Los casos más sonados

En el casi millar de secuestros, e intentos descubiertos, desde que comenzó la presente ola en Argentina, algunos adquirieron ribetes espectaculares, cuando no trágicos. El secuestro del hermano de Juan Ramón Riquelme, el jugador de fútbol del Barcelona, ex jugador de Boca Juniors, fue el primero espectacular contra «estrellas» y sus familias. El 2 de abril de 2002, Cristian Riquelme de 16 años, fue secuestrado por tres hombres armados, durante casi 30 horas. La familia Riquelme pagó 160.000 dólares. Después de la pesadilla todos emigraron a España. La investigación no arrojó ni un solo detenido. Le siguió Jorge Milito, padre de Diego y Gabriel, futbolistas de Independiente y Racing, secuestrado mientras manejaba su auto al sur de la provincia de Buenos Aires, cuando cinco tipos armados lo rodearon y de los pelos lo arrastraron a un auto. Su liberación costó 300.000 dólares. La cadena de secuestros a familiares de empresarios comenzó ese mismo mes con Juan Pablo Anceschi, de 15 años. Su padre había vendido su fábrica de plásticos a una multinacional francesa: jamás se supo el rescate pagado. La siguiente figura popular secuestrada fue Eduardo «Chacho» Coudet. El futbolista emigró a España y firmó contrato con el Celta de Vigo, por bastante menos dinero del que ganaba en Argentina. «No me importa: vivo tranquilo», comentó a la prensa.

Los secuestros culminados en tragedia comenzaron con Pablo Capdeville, secuestrado mientras manejaba su auto. Aunque su padre pagó el rescate, Pablo apareció muerto con dos tiros en la cabeza a cuadras de su casa. La siguiente tragedia fue la de Diego Peralta, que se convirtió en un ícono de la lucha contra algo que muchos sospechaban: la injerencia policial.

Diego fue secuestrado en Monte Grande, provincia de Buenos Aires, cuando iba al colegio en una remise. Los testigos aseguraban que quienes lo secuestraron tenían uniformes iguales a los de la policía.

Un mes después, investigadores de Interpol descubrieron el cuerpo del infortunado, desfigurado y flotando en un arroyo cercano a su casa. Los vecinos, enfurecidos, incendiaron la comisaría del pueblo al grito de «Â¡asesinos!».

Otras figuras conocidas sufren aún hoy el temor de las amenazas. Tal el caso de Marcelo Tinelli, a quien se le advirtió que le secuestrarían los hijos. El actor Osvaldo Sabatini, hermano de la tenista y casado con la estrella de la televisión venezolana Catherine Fulop, viven en igual incertidumbre: la misma policía les anunció haber desbaratado planes para el secuestro de sus hijas. Algo similar le ocurre a Susana Giménez que permanece en su apartamento de Miami, cumpliendo un «año sabático», según sus declaraciones, aunque todos sus allegados afirman que la diva tiene terror de ser secuestrada. Pero el caso más encumbrado sigue siendo aún hoy el de Fernando de la Rúa. El hijo de
l ex presidente argentino, que está radicado en Brasil, viajó unos días a Buenos Aires a visitar a sus padres. Dos hombres armados con fusiles le secuestraron en una casa de campo del barrio bonaerense de Santa Rosa. Llevado a recorrer cajeros automáticos, fue obligado a extraer unos 8.000 dólares por los secuestradores que lo liberaron media hora después. La magnitud del fenómeno es ya tal que se ha abierto una página en Internet (secuestroexpres. com.ar), dónde se explican todas las características y actualizaciones del tema. Lo último verificado en Buenos Aires fue el pago, el martes pasado de unos 35.000 dólares para liberar a Pablo Belluscio, un estudiante de 25 años que permaneció 43 días secuestrado: sus captores le cortaron dos falanges del índice derecho, que enviaron a sus padres junto con un video grabado durante la mutilación. Dos días antes se habían pagado 41.000 dólares, por Leopoldo Astrada de 50 años, quien estuvo secuestrado dos meses y había sido sometido a idéntica mutilación.

 

Informe revelador

El más candente tema en estas últimas semanas ha estado fuera del círculo de las víctimas: un informe de la Corte Suprema de la provincia de Buenos Aires alertó sobre la posible vinculación entre miembros del Ejército argentino y bandas de delincuentes implicadas en secuestros, en los que además se sospecha intervinieron policías. El documento denuncia por los menos 700 llamadas entrantes y salientes entre teléfonos investigados en diferentes causas penales graves y aparatos instalados en la sede del Comando en Jefe del Ejército. La investigación de la Procuración General de la Corte Suprema de Justicia continúa a estudio de Néstor Kirchner y el gobernador bonaerense Felipe Solá. *

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