Cuento del tío

Anciano despojado por una joven mujer

Don Luis Viana tiene 86 años de edad y vive solo desde hace muchos años en una casa grande en el barrio de la Unión, en la calle Felipe Sanguinetti 2762 y es una de esas personas que, como tantas, trabajó toda su vida (hasta que tuvo fuerzas para hacerlo) en cien oficios, pero fundamentalmente en la construcción, o como metalúrgico o mecánico con un tallercito modesto instalado en un galpón en el fondo de su casa.

Como tantos también aportó o no aportó al Banco de Previsión Social, ya que ello quedó en la buena o mala voluntad de sus ocasionales patrones o en su propia decisión que pocas veces cumplió. El asunto es que don Luis Viana, aunque nunca pudo juntar años de trabajo para jubilarse, pudo sí ahorrar unos buenos pesitos en el Banco Hipotecario del Uruguay en una caja de ahorros de la que iba sacando lo justo para sus urgencias y necesidades diarias y el resto de la platita lo dejaba generando los mínimos intereses de estilo. Nunca apostó al dólar, por eso cuando la gran debacle financiera, de un día para el otro sus pesitos pasaron en los hechos a valer menos de la mitad.

«Los pesitos más seguros»

Con los años llegaron también las enfermedades y don Luis Viana contrajo el llamado «Mal de Parkinson» y como siempre vivió solo, ello le produjo –y produce– una serie de inconvenientes. Hace unos meses decidió sacar la mayor parte de sus ahorros del banco y llevarlos a su casa, más o menos unos ciento sesenta mil pesos. Se le había ocurrido que debía que guardarlos allí para, si cualquier cosa le pasaba con su salud, tener con qué atenderse.

Nos cuenta que salió para el banco con todas las precauciones, se hizo un bolsillo interno en la ropa y después de cobrar en la caja su dinero, tomó un taxi en la puerta misma del banco, se hizo dejar a unas dos cuadras de su casa, esperó que el taxi se alejara y entonces él llegó a su domicilio vigilando que nadie lo siguiera y se encerró en él. Guardó el dinero en un hueco de una pared especialmente preparado para ello y quedó tranquilo.

Una visita inesperada

Unas horas después tocaron el timbre de su casa y al abrir encontró a una muchacha joven que le dio un beso y le expresó: «Me dijo papá que viniera a verte para ver si precisabas algo».

Nos explicaba don Luis Viana: «Yo, como estoy algo olvidadizo con esto del Parkinson, le pregunté si era la hija de González ,un amigo que tengo y ella me dijo que sí, y enseguida me dijo que el padre me mandaba unos pesos porque sabía que estaba necesitándolos…»

Y siguió contándonos: «A mí me puso contento que se acordara de mí, uno con los años ha ido perdiendo a todos sus amigos, pero le dije que no, que no necesitaba, que le agradecía mucho, pero ella insistió. Me dijo que el padre sabía que yo no tenía dinero y entonces ahí caí, le dije que sí, que tenía y ella insistió que le mentía y que para convencerse tenía que mostrarle… y le mostré lo que había sacado del banco. En un descuido fui hasta la cocina y cuando vine ya no estaba ella ni el dinero, mi amigo nunca había mandado a su hija tampoco.»

Esa tarde a don Luis Viana no solamente le robaron cien y pico de mil pesos, le robaron también su seguro de la vejez sacrificadamente ahorrado durante más de setenta años de trabajo pero lamentablemente, lo más grave es que en el ocaso de su vida, le robaron también su inocencia.

La denuncia fue efectuada ante las autoridades correspondientes, pero nada se sabe del dinero ni de la mujer. Tampoco puede don Luis Vila imaginarse cómo pudo alguien enterarse de que aquel dinero estaba allí cuando desde la caja del banco hasta que se encerró en su casa no vio ni habló con nadie sobre ello, ni siquiera con el taxista que además lo dejó dos cuadras antes de su domicilio. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje