"Todavía sigo en el día después"
Se llama Irma Pérez y desde que recuperó la libertad ha procurado un cambio de vida y en parte lo ha logrado, con una nueva pareja y una adiós a su antiguo modo de vida. De alguna manera se siente rehabilitada, pero entiende que la sociedad no está preparada para gente como ella. Repite lo que muchos en su condición: «se te cierran todas las puertas».
Está terminando de escribir un libro basado en la cronología de hechos que le tocaron vivir durante cuatro años en distintas cárceles. Recordó que estuvo a punto de «perderse» tras ser internada en el Hospital Viladerbó, según ella porque no se callaba las cosas que pasaban y le habían puesto el rótulo de peligrosa. Su historia es conocida por muchos, ya que sus denuncias fueron publicadas, por ejemplo, en el Diario de la Cárcel, suplemento de LA REPUBLICA.
Su situación también motivó que el Parlamento y el Ministerio del Interior mantuvieran reuniones, las que en una oportunidad determinaron que culminara su insólita reclusión en la prisión de Cañitas en Río Negro, un lugar para hombres.
La caída
Corría 1997 y la superbanda, o lo que quedaba de ella, daba sus últimos golpes. Pérez estaba relacionada con uno de los capos de la organización, aunque su procesamiento no fue por haber actuado en conjunto. «Fui sola armada y me llevé la plata del Frigorífico Modelo; también en una panadería», explica la entrevistada, como quien se refiere a una situación ajena y lejana.
La descubrieron, la sometieron a la Justicia y terminó en la Cárcel de Mujeres de la calle Cabildo. Como todos los que son privados de su libertad, al traspasar las rejas sintió que la vida comenzaba a circular por carriles inciertos y borrascosos. Así comenzó su periplo entre prisiones, viviendo hechos que la marcarían para siempre.
Claudia
Hasta mayo de 1998 no surge ningún hecho que Irma considere relevante.
Dentro de prisión entabló amistad con otra interna, de nombre Claudia Gioia, quien tuviera un trágico final. La chica estaba embarazada y a pesar de eso fue sancionada con treinta días de calabozo. Hubo forcejeos, empujones y demás.
En esa doble reclusión, Gioia tuvo pérdidas. Pensaron que era por los «disturbios» y cuando se terminaron se quedaron tranquilas. Pero al salir del calabozo comenzó a sentirse mal, como si tuviera un ataque estomacal. Eso, al menos, fue lo que le diagnosticaron. Sin embargo el cuadro empeoraba y las autoridades no hacía nada. Hasta que Claudia Gioia «se puso verde, tenía una infección interna que le había ido tomando todo el cuerpo, y un día hizo un paro cardíaco».
Después otros dos, recordó Pérez: «Fueron tres entre las 12.00 y las 20.00 y nadie mandaba una ambulancia. Claudia murió por omisión de asistencia. A nadie le importó y nadie fue responsabilizado». El caso Gioia logró quebrar el silencio que rodea la vida tras los muros y fue tema de diarios y canales de televisión. Irma Pérez jugó un papel clave escribiendo cartas y sacándolas al exterior para que se supiera lo que en realidad había pasado.
Cañitas
La muerte de su amiga la destrozó, igual que a otras dos reclusas, quienes decidieron no quedarse calladas para evitar castigos. Y las sanciones llegaron. Las tres fueron trasladadas, pero mientras las otras muchachas salieron en libertad en pocos meses, a Pérez todavía le quedaban varios años.
«Cuando llegué a Cañitas, una cárcel para hombres, me metieron de entrada treinta días en el calabozo ciego, según dijeron para que me adaptara. Era una jaula de tres por dos. No sé a qué querían que me adaptase. En realidad me estaban diciendo que si no cerraba la boca la iba a pasar muy mal», sostuvo. Estando en el aquel establecimiento la joven afirma haber visto cosas que «ni a un animal se le hacen. He visto traer a gente desde Libertad que supuestamente había participado en alguna revuelta, aunque en realidad los habían molido a palos y los llevaban para dejar todo tapado, como hicieron conmigo».
Todas esas vivencias las fue anotando en sus cuadernos que pudo mantener junto a ella como un tesoro, procurando que en las requisas no fueran descubiertos.
«Un muchacho joven llegó a tener seis ataques de epilepsia en pocas horas sin que los responsables carcelarios lo auxiliaran», relató entre las cosas que le tocaron vivir. «Descubrí a una oficial teniendo relaciones con su chofer», recuerda, esto de alguna manera le dio cierto poder porque podría revelar la situación ante la pareja de la policía o ante las autoridades.
Su caso llegó a conocimiento del por entonces diputado Marcos Abelenda, que integraba la Comisión de Derechos Humanos. Las gestiones realizadas con el Ministerio del Interior determinaron que se suspendiera su insólita reclusión y entonces fue enviada a la Cárcel de Mujeres, pero de Canelones.
Agitadora y loca
Irma señaló que al llegar tenía el rótulo de agitadora. Su forma de ser había sido debidamente puesta en conocimiento del comando policial, al tiempo que las reclusas la conocían por sus historias, de esas que circulan entre las cárceles. También en la dependencia canaria vio cosas que motivaron su reacción: «una vez un cabo quiso meter en el calabozo a una presa con su hija de seis años».
De estos ejemplos de atropellos, dice Irma tener cientos, todos los cuales se encuentran cronológicamente narrados, con el agregado especial de haber sido hechos en el tiempo que estaban sucediendo, con la carga emotiva y de impotencia que eso supone.
Para ese entonces las jerarquías entendieron que la única forma de controlarla era considerándola local, y terminó cuarenta días en el Hospital Viladerbó en mayo de 2000, dos años después de la muerte de su amiga Claudia.
Recuerda: «Al principio escondía las pastillas que me daban en la lengua y después las tiraba, pero un día me sorprendieron y me amenazaron con que entonces me inyectarían». «Estuve a punto de perderme hasta que otra vez el Parlamento intervino y me devolvieron a Canelones. Después de unos días un enfermero de Canelones me dijo que no fuera a más a buscar la pastilla, porque yo no estaba loca».
En cada traslado, asegura Irma Pérez: «Me fueron mostrando las miserias humanas y los atropellos que se cometían y siguen cometiendo en las cárceles uruguayas». En diciembre de 2001 recuperó la libertad tras cumplir las tres cuartas partes de su pena. Hoy sostiene haber aprendido mucho de todo lo que pasó y sabe lo que no volvería a hacer nunca más. «Todavía sigo en el día después. Recién ahora que he logrado ordenar el libro me aflojé y me estoy permitiendo llorar». *
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