Prolijo trabajo de Homicidios lo puso tras las rejas por un accidente

Cayó el arrebatador que se escondía detrás de un casco

Varias veces había sido detenido imputado de cometer grandes arrebatos. Una Ninja era su principal compañera. También su casco que impedía que las víctimas lo reconocieran. Pero su moto al final terminó condenándolo a un largo período a la sombra.

Sábado 11 de enero de 2003 | 7:24
  • Imprimir
  • Envíar por e-mail
 La
Divisi

No será la primera vez que Mario Alberto Marticorena Trezza, oriental, de 21 años, esté en prisión. Casualmente su primera temporada fue también en enero, pero de 2001, por hurto agravado, es decir arrebato. Esa era su profesión y tan mal no le iba.

El joven delincuente, afincado en la calle Francisco Bauzá del barrio Buceo, tenía un nivel de vida difícil de mantener para cualquier trabajador. Una buena casa, auto y demás comodidades, aunque extrañaba a su moto, una Ninja 600 que había traído desde Argentina, aparentemente de contrabando según investiga ahora la Dirección Nacional de Aduanas.

Varias dependencias policiales lo tenían como sospechoso de ser uno de los maleantes que se dedican al arrebato, pero de los grandes, de los que las víctimas son personas que salen, por ejemplo, de los bancos. Sin embargo marchó a prisión por otra razón. La Justicia le tipificó lo siguiente: “lesiones graves culposas en concurrencia formal, con un delito de lesiones culposas, ambos en concurrencia fuera de la reiteración, con un delito de omisión de asistencia”.

La grave tipificación fue resultado de una paciente y prolija investigación llevada adelante por la División Homicidios de la Dirección de Investigaciones.

El caso

Marticorena siempre andaba de casco en su Ninja 600. Arrebataba y fugaba velozmente en su bólido de dos ruedas. Era muy difícil atraparlo. Sin embargo, en varias ocasiones dependencias policiales lo detuvieron y sometieron a interrogatorios y rondas de reconocimientos.

Pero siempre, salvo el cuatro de enero de 2001, el joven lograba eludir responsabilidades. La principal razón era que siempre actuaba con su casco puesto, de esos que tienen el visor tipo espejado, por lo cual ni siquiera sus ojos eran advertidos. Sus víctimas no podían acusarlo y entonces Marticorena salía impunemente.

El muchacho se ufanaba y hacía circular la versión de que lograba salir en libertad “porque arreglaba con los milicos”. Una de estas capturas estuvo a cargo de la División Homicidios y se repitió la historia. Sin embargo en esa oportunidad el arrebatador se fue sin su moto, ya que los funcionarios encontraron irregularidades en la documentación. Comenzaba así el principio del fin: del suyo.

Las fuentes explicaron que si bien la moto por fuera estaba impecable, en el afán de encontrar algún indicio que permitiera sacar de circulación al delincuente, los efectivos la revisaron a fondo. Encontraron entonces algunas marcas y desperfectos, como si el vehículo hubiera sufrido un accidente. Entonces las “baterías” se apuntaron en ese sentido.

La otra historia

El equipo a cargo del caso comenzó una investigación administrativa en busca de algún indicio que pudiera vincular a la moto con un accidente. Finalmente, el dato apareció. Se trataba de un siniestro acaecido aproximadamente en octubre de 2002 frente al conocido boliche W. Lounge.

Allí, tres amigas de 19 años que vinieron del Interior a estudiar fueron embestidas por una moto de similares características a la de Marticorena. El causante se había dado a la fuga sin prestar colaboración a las heridas. Era una buena pista para empezar, aunque los investigadores no podían saber si el trabajo daría sus frutos. En primer lugar ubicaron a las víctimas, que cursaban estudios en las facultades de Medicina, Odontología y Ciencias. Ellas explicaron cómo había pasado todo, lo que recordaban de la moto y del piloto.

Empezaban las coincidencias. En esta misma línea los efectivos localizaron a testigos del accidente. Uno de ellos incluso había intentado detenerlo para que no se diera a la fuga, lo cual le permitió ver claramente su rostro, ya que entonces no tenía casco.

El círculo en torno a Marticorena se iba cerrando, aunque no fuera por los arrebatos. El prolijo trabajo de Homicidios incluyó otro testigo que aportó información complementaria, así como al mecánico y su ayudante, y el chapista que tras el siniestro habían refaccionado la moto, al punto que externamente parecía “una joyita”.

Ahora faltaba detenerlo. Fue el Departamento de Hurtos y Rapiñas que una vez más lo detuvo en una plaza para indagarlo en torno a los arrebatos.

No hubo suerte en ese sentido, pero el hombre derivó para Homicidios para responder por el accidente. Al conocerse su captura, las autoridades de la repartición procuraron localizar a las víctimas del accidente. Estaban de vacaciones en sus “pagos” y no dudaron en venirse para prestar testimonio.

Cuando ayer llegó al Juzgado, Marticorena ya tenía el destino asegurado. El magistrado tuvo en su mesa elementos suficientes para responsabilizarlo bajo el cargo antes mencionado. Sin su casco salvador y su Ninja 600, el joven se reencontró con sus antiguos compañeros del Comcar.*

  • Imprimir
  • Envíar por e-mail

Comentarios


Domingo 12 de Febrero, 2012
Montevideo, UY
Despejado, 29 °C