El empresario a los aduaneros: "Les vine a matar el hambre y me quieren revisar"

Pancho Dotto convirtió el Puerto de Montevideo en un conventillo

No fue ayer la primera vez que el individuo pretendió ser tratado en forma deferente por las autoridades uruguayas, por el solo hecho de pertenecer al jet-set. La Policía Caminera y el personal de Aeropuertos saben de sus ínfulas de intocable. La actitud que ayer tuvo hizo pensar a las autoridades que pretendía pasar un gran contrabando u otro tipo de mercadería ilegal.

Sin embargo, resultó que el millonario empresario quería ingresar unas cuantas «baratijas» sin declararlas. Todo comenzó a las 11.00 de la mañana, cuando el Buquebus que cubre la línea Buenos Aires-Montevideo arribó al puerto capitalino. Comenzaron a descender los pasajeros y a medida que esto ocurría el personal de la Dirección Nacional de Aduanas (DNA) revisaba sus pertenencias.

Por su parte, lo mismo ocurría con aquellos que habían venido en auto. Entre estos últimos se encontraba Dotto, quien salió de la nave en su moderno y costos Honda. Como a todos, a él también se le apersonaron los funcionarios encargados de la inspección. Pero no sería una misión fácil.

«¿No sabés quién soy?»

Cuando los aduaneros le hicieron saber que tenían que revisarle el vehículo, en el cual viajaba también un amigo del empresario, Pancho Dotto intentó poner su fama como factor para eludir el control. «¿No sabés quién soy yo?», interrogó a quien pretendía saber si había algo irregular en su rodado. La respuesta del hombre hizo que Dotto se ofuscara aún más: «No».

Las fuentes dijeron que entonces el promotor de las modelos más importante de Argentina aseguró que tendría que «llamar al ministro y al Presidente para que sepan lo que quieren hacerme». Ellos seguro que lo conocerían.

Para ese entonces la tranquilidad que domina la terminal marítima los domingos se había alterado de manera insólita. Dotto era el centro de la atención de todo el mundo y el comentario generalizado era qué carga traería para ponerse tan nervioso. «Dejé de ir al Caribe para venir a Punta del Este a matarles el hambre a ustedes y me quieren inspeccionar», vociferaba el empresario en su intento desesperado por eludir los controles. Pero como vio que la decisión de los aduaneros seguía intacta, entonces se encerró dentro del Honda y puso los seguros, como para que nadie pudiera entrar.

Consultas

Visto el cariz que había tomado un simple procedimiento de rutina, los actuantes decidieron llamar a las máximas autoridades de la DNA, narraron lo que había pasado y que Dotto se había enclaustrado en su auto. La orden fue clara: «Tiene que ser inspeccionado como todos».

Además se instruyó a los actuantes para que dieran cuenta a la Prefectura del Puerto de Montevideo, al tiempo que se radicaba una denuncia contra el empresario por desacato. Esto motivó que el juez Penal de 4º Turno interviniera y como primera medida se le hizo saber al imputado que si quería entrar caminando lo podía hacer, pero que el auto debería ser inspeccionado indefectiblemente.

Mientras esto pasaba, el caso de Dotto había trascendido en todas las esferas. Aproximadamente a las 13.00 horas era el comentario generalizado y el motivo de varias llamadas para interiorizarse del tema. Por ejemplo, llamó el ministro de Turismo, Pedro Bodaberry. A esa hora y viendo que su situación podía verse muy complicada, el renegado aceptó que su auto fuera revisado.

Momentos antes había bajado del Honda y fue conducido a la Prefectura para esperar la resolución del juez, oportunidad en la que dijo que los aduaneros le pidieron unos cuantos dólares para no «molestarlo».

Baratijas

La orden de revisar el auto estaba dada. Se vivían momentos de expectativa para ver qué era lo que el argentino quería entrar sin que nadie lo supiera. Ante la incertidumbre, a la zona portuaria fueron citados funcionarios especializados en temas de narcóticos junto a canes adiestrados, así como un mecánico especializado en Honda.

En la primera revisión fueron hallados varios objetos que en un primer momento no fueron considerados de relevancia teniendo en cuenta la actitud de Pancho Dotto. Pero después de revisar cada rincón, los actuantes se dieron cuenta de que el manager quería ocultar unas cuantas «baratijas» y tres equipos informáticos. Traía una computadora portátil, una pantalla plana y un cañón multimedia. También cuatro relojes de pared con sus respectivas cajas, de esos que se pueden encontrar por unos pocos pesos en el barrio Reus. También se le incautaron lámparas de muy baja calidad y costo y una partida de ceniceros, similares a los que se encuentran en los «boliches de mala muerte».

Todo el conjunto de efectos que traía superaban la franquicia disponible, de 150 dólares por cabeza para los que vienen de Buenos Aires. Los resultados del procedimiento fueron elevados al magistrado interviniente, quien dispuso que si el hombre quería ingresar a Uruguay debía realizar tardíamente los trámites de admisión temporaria. Ya más calmado, al enterarse de que no le sacarían sus relojes, Dotto aceptó la orden y a partir de hoy realizará dichos papeleos.

Pasadas las 16.00 de ayer, domingo Balcaldi ordenó que el empresario recuperara la libertad. Entonces, junto a su amigo se subió al Honda rumbo a Punta del Este con varias horas de retraso.

Además de los efectos antes mencionados, «Pancho» traía varios cuadros de sus modelos y de otros famosos de la vecina orilla. *

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