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¡Vamos, México!

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Hoy vi una mujer que ha traído cientos de niños al mundo con los ojos rojos del miedo.
Vi un payaso callejero dirigir el tránsito de calles sin semáforo.

Vi una enferma con ropa de hospital hablar en un teléfono público en la esquina de una calle. Una joven maestra abrazó a sus nueve niños de tres años calmándolos mientras caía un muro en el patio y ella no podía respirar.

Vi seis voluntarias sacando papeles de una pila de escombros, haciendo columnas de libros, discos de vinilo y documentos. Una montaña de polvo y restos grises encima de la tintorería con un pantalón negro que nunca fui a recoger.

Muchachos corriendo con carros de supermercado, apresurados a deshacerse de vigas y puertas para ir a buscar más.Una cadena humana de cientos, que pasamos de mano en mano baldes de escombro, arena, palos, pinchos, perchas con trajes, acolchados y botas.

Una carpeta de fotos, una cédula, más de veinte carpetas fiscales, una chequera de una señora que la recogió con su nombre, y ocho mujeres y un varón resguardando en cajas y bolsas la memoria de las familias que preguntan por actas de nacimientos, sus pasaportes.

Vi brazos en alto, en resistencia, y una repentina pausa, pero supe que indicaban “silencio”.

Y escuché al señor de amarillo, arriba de la montaña de escombros, gritar “topo” y vi al topo correr para ir a meterse al hoyo recién logrado, desde donde buscaría a una persona, que debajo de un edificio de siete pisos y con cientos de personas alrededor -gritando, sudando, respirando-, señala como puede: “aquí estoy”.

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