Pequeñeces que deshonran al Uruguay
No es la primera vez que tengo el placer de visitar Uruguay y ciertamente, no será la última, pues una profunda amistad me une a varios hijos de la Banda Oriental, y como si ello no fuese suficiente, la maestra rural que fuera mi madre, desde muy temprano, me hizo conocer, de Rodó su Ariel, y de Juana de Ibarbourou sus versos.
Desde mi infancia pues, el Uruguay ha sido para mi, un país respetable por sus artistas y escritores y, al mismo tiempo, un lugar querible por su gente.
Son, Señor Director, estos buenos sentimientos los que me obligan a distraer su atención para denunciar una pequeñez que deshonra al Uruguay.
Los hechos:
El miércoles 8 del presente mes, en compañía de mi esposa y de nuestros anfitriones uruguayos, fuimos a visitar Piriápolis. El tiempo invernal de aquel día, no era un estímulo para el paseo de peatones, por ello pudimos deambular sin el apremio de los vehículos y de las multitudes estivales.
Disfrutamos del paisaje, imaginando agradables estadías en un marco tan amable y acogedor.
A mediodía quisimos comer algo, o por lo menos tomar un café, para lo cual no había muchas opciones, pues durante nuestro paseo sólo vimos algunos restaurantes abiertos. Nos dirigimos hacia La Goleta, local que tuvimos más a mano. No bien franqueada la puerta de entrada, se nos precipitó encima el dueño del local, rehusando inflexiblemente atendernos, esgrimiendo como única razón, la presencia junto a mi, de mi perro guía, pues soy ciego y debo desplazarme con la ayuda de Guy, un magnífico labrador, proveniente de la escuela Leader Dogs de Rochester, Michigan.
Fueron vanas todas las explicaciones relativas al estupendo adiestramiento de estos perros y, al hecho de que yo viajo con mi guía por todas partes en Chile, mi país, y con frecuencia en el extranjero, sin problema alguno.
No queriendo protagonizar un bochornoso incidente, y ante la extrema terquedad del dueño, nos retiramos del restaurante, que continuó absolutamente vacío, y decidimos tentar suerte en otro local.
En el Terranova, la acogida no fue mejor; el dueño, también solitario en su negocio, fue tan tozudo como el anterior, perorando sobre las normas sanitarias y la prohibición de ingresar animales a lugares públicos. Le hablamos acerca de la existencia de disposiciones legales relativas a perros guías, lo que lo exasperó, tornándolo agresivo y descortés. Nos marchamos, esta vez bastante más molestos, pues fuimos tratados con incalificable prepotencia y particular mala voluntad.
Sin demasiada convicción, habida cuenta de esas dos experiencias, entramos en La Langosta, el tercer restaurante de esa fría mañana .
Lo que vivimos fue una desagradable seguidilla de variaciones sobre el mismo tema, negación arbitraria de brindarnos los servicios a los que están obligados, aludiendo al control ejercido por la Intendencia, a reglas sanitarias que prohíben los animales en sitios públicos, riesgos de todo tipo ligados al ?comportamiento imprevisible del animal? y una serie larga de prejuicios, mitos y tonterías.
De regreso en El Pinar, aún en ayunas, reflexionamos con mis amigos acerca de la pequeñez y mezquindad de los argumentos que nos opusieron los dueños de los restaurantes. Se trata de insignificancias, sin duda, pero insignificancias tras las que se pueden esconder bárbaros y odiosos sentimientos discriminatorios que hacen mucho daño a la convivencia y a la vida social.
Habiendo vivido la experiencia de años de actividad profesional y social, acompañado por un perro guía, creo que la información y la comunicación de este tipo de situaciones, pueden ayudar mucho a disipar los prejuicios y a suprimir la ignorancia, dos raíces de actitudes discriminatorias como las que me tocó vivir aquel día.
Los progresos de la legislación antidiscriminatoria en el Uruguay son importantes y decisivos; sin embargo, es necesaria mucha información y difusión de las experiencias de otros países, para que ese marco legal encuentre su expresión en la vida cotidiana de la gente. Y yo le puedo asegurar, Señor Director, que cuando la presencia de un ciego acompañado de su perro guía, deja de ser un acontecimiento extraño e inusitado, son muchas las cosas que cambian, para bien, en la sociedad, y por ende en el espíritu de las personas.
Basta constatar la admiración y simpatía que suscitan la inteligencia y fidelidad con que estos perros trabajan; admiración y simpatía que generalmente, van acompañadas de una sincera y misteriosa emoción. Yo he tenido la felicidad, Señor Director, de conocer ese misterio oculto tras esas miradas de simpatía: es la emoción que suscita la conquista de un poco más de libertad y autonomía, por sobre la minusvalía y la dependencia.
Ese suplemento de libertad que mi perro guía me entrega, es también un poco más de libertad para toda la sociedad, y usted convendrá conmigo, que la libertad es un bien relativamente escaso y, a mayor abundamiento, es un bien que podemos perder, casi sin darnos cuenta, como nos lo enseña la historia de nuestros países, con las consecuencias que sabemos.
Le saludo muy atentamente,
Gabriel Salinas Álvarez; chileno, casado, Doctor en Ciencias Sociales.
Curacaví, Chile.
Los comentarios publicados en esta sección son entera responsabilidad de su firmante, y no necesariamente representa la posición de LARED21
Compartí tu opinión con toda la comunidad