El homenaje de mañana miércoles es a Elena Quinteros
Durante un largo tiempo que se inició apenas unas semanas después de su secuestro, nuestro apoyo y en quien nos apoyamos, fue Tota Quinteros. Encarnación de la madre que lucha por recuperar a su hija, con su inteligencia y su simpatía, Tota atrajo lealtades en todas partes. Donde estuvo dejó compañerismos y solidaridades, amistades con hombres y mujeres de todas las edades.
Desde Wilson Ferreira en Ginebra, mientras sesionaba la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, hasta Hugo Chávez que la recibió en su estadía montevideana ya como presidente, muchos dirigentes políticos sintieron la simpatía criolla y la calidez femenina de Tota.
Nuestra querida vieja, que se fue convirtiendo en uno de los símbolos de la lucha contra la impunidad, se murió sin saber la verdad y, también, sin ver que un principio de justicia se asomaba en el horizonte con el procesamiento con prisión de Juan Carlos Blanco.
Cuando la sentencia del juez Cavalli recompone el episodio del secuestro alude a los «antecedentes judiciales» de Elena Quinteros.
Y es a esos antecedentes, a esos honrosos antecedentes de lucha y de prisiones que queremos referirnos. No tanto en esta breve nota sino en el acto de mañana en el Teatro La Gaviota (ex Stella).
En estos días, al saber –con sorpresa y con un poco de dolor– que a algunos compañeros del Frente no los moviliza la decisión judicial de encarcelamiento de un operador civil de la dictadura, me vino a la cabeza lo sucedido en otras circunstancias.
También en 1976 hubo compañeros, cabezas muy «políticas» las de ellos, que desaprobaron el episodio llevado adelante por Elena.
¡Justo en ese momento que el gobierno de Carlos Andrés Pérez desde Caracas se aprestaba a realizar «presiones» para lograr una apertura en Uruguay, aparecía esta maestra temeraria que arruinaba una salida «conversada e incruenta» para la dictadura uruguaya!
¡Qué inoportuna Elena, qué desubicados los que en 1976 querían resistir a la dictadura!
Como recuerda en su sentencia el juez Eduardo Cavalli, cuando fue secuestrada, Elena estaba requerida por las Fuerzas Conjuntas desde 1975.
Ella estaba en Montevideo cuando secuestraron y asesinaron a Zelmar y Héctor Gutiérrez Ruiz, el 20 de mayo. Y cuando secuestraron a Gerardo Gatti en junio.
En aquel momento, como Elena, muchos miles de compañeros de izquierda, integrantes del PVP, del PCU, del PS, de los GAU, del PCR, entre otros, entendieron que había que organizar la denuncia y la resistencia a la dictadura dentro del país. Que era imprescindible hacer todo lo que el despotismo prohibía en materia de libertades democráticas y de derechos civiles y políticos.
Para eso, para imprimir volantes con denuncias, y escribir en los muros «libertad para Seregni», o para Jaime, o «basta de torturas» y «basta de rehenes», se quedaron. Arriesgando su libertad y hasta su vida, se quedaron.
Para que esas voces que vivaban la libertad, se oyeran en este país, se quedaron.
Creía Elena y creían todos los que resistían que no se podía aceptar «la paz de los sepulcros» que quería imponer –y nunca pudo– la dictadura de Bordaberry, Blanco y los generales.
Creía Elena y creían los que resistían que no se podía aceptar el «amansarse para vivir» que proponía la dictadura.
Muchos de ellos fueron luego encarcelados y asesinados en los sórdidos establecimientos de la muerte montados por la dictadura. Otros, como Elena Quinteros, fueron capturados y luego desaparecidos.
Cuando cayó presa, Elena era una mujer sola en manos de los oficiales entrenados y con permiso para matar.
Fue torturada y se la mantuvo alejada de toda otra presa, de todo compañero.
En esa posición de debilidad extrema, rodeada de matones y gorilas, Elena mostró su fuerza, su tremenda fuerza moral.
Ideó un engaño para intentar la fuga. Fue más fuerte que los corpulentos verdugos de la OCOA. Tuvo más presencia de ánimo y los engañó. En medio de las «picaneadas» y el submarino, de los plantones y de los golpes, cegada por una capucha, Elena pensó más y mejor que los sórdidos patoteros uniformados. Imaginó la libertad y luchó por ella. No sólo no entregó a ningún compañero sino que los obligó a entrar en la Embajada. Después intervinieron los funcionarios venezolanos y el valiente jefe de la delegación diplomática. Y hubo ruptura de relaciones por nueve años. Y buena parte de América y del mundo supo no sólo que en Uruguay había una dictadura criminal sino que también había quienes la resistían. Gente como Elena a la que mañana, por todo eso, homenajeamos.
Tota está enhiesta como nunca. Y como nunca implantada en nuestro corazón. Mañana, el homenaje es a Elena. *
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