¿Dónde quedó el principio de no injerencia?

Las probadas presiones realizadas por la Embajada de España con el fin de minimizar la importancia de la visita a Uruguay del lendakari del País Vasco, Juan José Ibarretxe, son reflejo de la lamentable debilidad de nuestro gobierno, que es incapaz de adoptar las medidas apropiadas para ser respetado a nivel internacional.

Ibarretxe es un gobernante democrático, que ganó su cargo en elecciones libres, obteniendo una formidable votación que rondó los dos millones y medio de sufragios. Un hombre de pensamiento claro, que desde siempre ha enfrentado la violencia de ETA, a la que combate y además cuestiona ideológicamente con términos duros, afirmando que esa organización pretende implantar una dictadura en el territorio vasco.

El perfil del ilustre visitante que llegó al país para participar en los festejos del 90 aniversario de una entidad señera, como es Euskal Erria y para agradecer la hospitalidad del Estado uruguayo que en 1949 había dado asilo al lendakari, perseguido por Franco, es suficientemente rico para que nuestro gobierno, que participó en el juego de presiones, hubiera recibido a Ibarretxe, brindándole los mismos honores con que fueran agasajados otros gobernantes españoles, como Fraga Iribarne, etc.

¿Qué motivó semejante actitud del Poder Ejecutivo que no tuvo lugar en la agenda para recibir al lendakari? ¿Por qué senadores y diputados del Partido Colorado (todos) y del Partido Nacional (casi todos, con la sola y honrosa excepción del senador Carlos Julio Pereira), no participaron en la reunión en la que el Parlamento recibió un homenaje de Ibarrtexe?

Simplemente, porque el gobierno fue sensible a presiones de la Embajada de España, que intentó segregar al gobernante vasco por razones subalternas, que tienen que ver, pura y exclusivamente, con la política interna de España. Es que Ibarretxe, como la mayoría absoluta de los habitantes del País Vasco concreta un planteo autonomista, que proviene de la historia y que está en los objetivos ideológicos que son esencia de esa nacionalidad.

Al parecer el gobierno de Aznar decidió y logró sumar a su posición al gobierno uruguayo y a los partidos Blanco y Colorado, que se convirtieron en militantes fieles y sumisos de la posición del gobierno español y, por consecuencia, del gobernante Partido Popular.

En el marco del fenómeno de la globalización, es evidente que esta injerencia de los diplomáticos españoles en la política externa uruguaya es ya conocida en cada rincón de España. Imaginemos qué sentimientos serán los que despertará este tipo de claudicaciones, prácticamente gratuitas, que sería impensable que alguien se atreviera a plantear ante otro gobierno democrático. Uruguay, como está ocurriendo en los últimos tiempos, ha desbordado el vaso de la obsecuencia, ensuciando con un líquido difícil de definir, las bases tradicionales que rigieron por años nuestras relaciones internacionales. ¿Cómo es posible que el gobierno uruguayo y los partidos Blanco y Colorado se inmiscuyan en la política española, volcando sus preferencias a favor del presidente José María Aznar y en contra de las posiciones tradicionales de los ciudadanos vascos, intentando desairar al lendakari, que es –repetimos– un gobernante electo en ejemplares elecciones democráticas como representante del Partido Nacionalista Vasco.

Que quede claro. Aquí no está en juego nada que tenga vinculación con ETA, ni con las acciones armadas que unos y otros condenan. De lo que se trata es de la actitud incalificable del gobierno uruguayo que, esta vez, entreveró en la vergonzosa afrenta a partidos políticos que hasta el momento se habían mantenido alejados de esas claudicaciones. *

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