Noviembre en la historia

En esta misma página, el diputado Víctor Rossi dedica su columna de hoy a rememorar aquel formidable 30 de noviembre de 1980, cuando el cuerpo electoral rechazó el proyecto de reforma constitucional pergeñado por el régimen cívico-militar.

Fue el primer paso hacia la restauración democrática y por ello el acontecimiento se reviste de una profunda significación, entre otras cosas, porque no es común que un régimen autoritario convoque a un plebiscito y salga derrotado.

Sin embargo, hubo de transcurrir dos años para que se diera un nuevo paso hacia la normalización. En noviembre de 1982, y concomitantemente con el quiebre de la «tablita», se celebraron las elecciones internas de los partidos autorizados. A pesar de la proscripción del Frente Amplio, el pueblo supo reafirmar su rechazo al régimen por dos vías: el voto en blanco por un lado, y el apoyo a las corrientes más progresistas dentro de los partidos tradicionales (la CBI de Flores Silva en el Partido Colorado, y los movimientos Por la Patria y de Rocha en el Nacional). En esta ocasión, el triunfo de las tendencias democráticas fue aplastante, y los sectores identificados con el proceso sufrieron un retroceso considerable en el apoyo de la población. En esta ocasión –a diferencia del plebiscito de dos años atrás– la gente salió a la calle y hubo festejos hasta la madrugada; se tenía la sensación de que el régimen tenía los días contados.

Pero en este tránsito hacia la normalización institucional, el año 1983 marcó un considerable aumento de la militancia antidictatorial. Por primera vez desde el golpe de junio de 1973, el 1º de Mayo hubo una concentración en los alrededores del Palacio Legislativo; un acto multitudinario convocado por medio del boca a boca –recordemos que la mordaza se mantenía a rajatabla– que debilitó más aun al gobierno.

El 25 de agosto se produjo la primera protesta masiva. También por medio del boca a boca, se lanzó la consigna de evitar andar por la calle y, a las ocho de la noche, apagar todas las luces y proceder a meter bulla con lo que fuera. Fue el primer «caceroleo» contra la dictadura y otro paso hacia la reconquista de la democracia y la libertad. Otro desafío para ir derrotando poco a poco al miedo.

Hubo después manifestaciones estudiantiles que merecieron –como no podía ser de otro modo– una violentísima represión policial. Pero quizás el punto culminante lo marcó el 27 de noviembre, cuando en una jornada luminosa una multitud se congregó en los alrededores del Obelisco y se extendió hasta la fuente del Parque Batlle en lo que dio en llamarse el Río de Libertad. La proclama que leyó Alberto Candeau, redactada entre otros por el doctor Gonzalo Aguirre Ramírez, resumió con firmeza e inteligencia el sentir y las exigencias (algunas de ellas olvidadas en las negociaciones del año siguiente) de la aplastante mayoría de la población.

El gobierno sintió el impacto y acusó el golpe. El teniente general Alvarez, titular del Ejecutivo desde 1981, respondió por cadena de radio y televisión con un discurso en el que hizo referencia al acto calificándolo de «cambalache discepoliano» en alusión al abanico de partidos, grupos y sectores representados en el estrado. La reacción de la gente –reacción absolutamente espontánea– consistió en un nuevo caceroleo mientras duró la alocución dictatorial.

Es cierto que el régimen había sufrido un considerable desgaste, pero fue la movilización popular la que lo llevó a su fin; la gente que anda y arde en la calle. *

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