Sacapuntas

Azar y perdición

En la tierra de la omisión, donde todo es permitido, los juegos de azar clandestinos reinan resplandecientes. Una investigación de este diario ha permitido comprobar que esa permisividad nacional, ingobernable, admite que los niños sean estafados por las famosas «tragamonedas».

¿De qué niños hablo, lector? Como esas máquinas han inundado la periferia de las ciudades, es una mayoría de niños desguarnecidos, sin protección de una familia contenedora, que vagan por ahí tratando de escapar de la triste vida que otros les han reservado. Los juegos de azar –perversos, engañosos– están ayudando, junto al hambre y a la marginación, a quitarles toda esperanza. Serán los individuos del mañana, la carne y el espíritu famélicos de la sociedad que vendrá si así seguimos.

Que jueguen, sí, pero juegos que desarrollen su creatividad y su solidaridad. Si se enamoran del azar, dejando en una ranura las monedas que recogen mendigando, su vida se convertirá en una apuesta permanente perdida de antemano. Sólo cosecharán frustración y rabia, unos sentimientos que ya revolotean a su alrededor porque les han robado todos los derechos. Me dirá usted: más que del azar, defendámoslos de la miseria. Tiene razón, aunque nada ayudará a su suerte que ignoremos esa otra realidad, porque se les está infligiendo un daño moral enorme.

Me pregunto adónde está el Estado. Es decir, adónde están el Iname, las Intendencias, el Ministerio del Interior y la Justicia.

¿Acaso ese monstruo del «déjalo pasar» y «del total qué me importa» es inimputable? ¿Ahora hace la vista gorda para beneficiar a quiénes? ¿Los juegos clandestinos pagan tanto «por afuera» como para sacrificar a la niñez?

Esto es demencial ¡La «cultura del azar» se traga a la gente y puede tragarse a un país entero!

Allá por 1930, Luis Díaz dibujó para siempre esa verdad inexorable en un tango: «Los últimos cuatro mangos traté de multiplicarlos,/ jugándole a Leguisamo por una cabeza perdió,/ y a la carrera siguiente le aposté a Ruben Quinteros/ y el maestro, sobre el disco, ¡del todo me amasijó!». *

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