El confuso pensamiento de las derechas

El sostenido crecimiento electoral de las fuerzas progresistas, el inexorable deterioro de ambas formaciones políticas tradicionales y la ausencia de cualquier otra alternativa continuista, tiende a hundir en la perplejidad a los defensores del statu quo; se dicen muchas macanas, se hilvanan razonamientos confusos que sustentan en una misma parrafada pensamientos antagónicos.

El hecho es que, en la actual situación del país, los partidos del sistema parecen atrapados en una lógica que los separa del sentir y del pensar de un creciente sector de la ciudadanía.

Todo parece indicar que cualquiera sea el desenlace de la encrucijada bancaria, que en los próximos días llegará al tramo de su resolución, los pasos a dar por este gobierno darán poca satisfacción a los anhelos, largamente extendidos, de reactivación económica y mejoría social.

Hay efectivamente una difícil coyuntura económica y financiera. Pero no es lo único que ha venido actuando como factor de desgaste del oficialismo.

Junto y paralelamente al desarrollo de este anudamiento financiero y económico diabólico, los partidos en el gobierno han sufrido un visible deterioro desde el punto de vista político.

De lo que se trata va más allá del retiro del Partido Nacional del gabinete. En todo caso esta no es sino una medida adoptada ante ese proceso de deterioro político del gobierno que mencionamos.

El creciente extrañamiento del oficialismo, la hondura de la grieta que lo separa de la sociedad se nutre no sólo de los efectos de la conducción económica. Pesan también las consecuencias que en la opinión pública tienen la sucesión casi interminable de denuncias de corrupción política y administrativa. Hay un larga lista de personalidades que aparecen más o menos involucradas en formas de enriquecimiento ilícito o tráfico de influencias.

Es sabido que actitudes de este tipo suelen ser una conducta excepcional en las colectividades políticas. Pero lo que resulta incomprensible es la atonía que parece aquejar a los viejos partidos para deslindar posiciones y separar de sus cuadros a aquellos individuos que han hecho de la actividad política un modo de vida sin reglas éticas y altamente lucrativo.

Las denuncias se suceden. Cuando se produce la intervención de la Justicia, a menudo la sede judicial no sustancia un procesamiento y una sentencia definida. Pesa en esto la naturaleza «conspirativa» que asume la corrupción política y las dificultades para acceder a medios idóneos para probar determinado tipo de delitos.

La ineludible sanción –ya no penal sino política– gestada a partir de los propios tribunales internos de los partidos, a menudo no aparece.

En un país donde buena parte de sus liderazgos históricos culminaron sus vidas mucho más pobres que cuando la iniciaron, estas omisiones contribuyen a desprestigiar la imagen de los partidos concernidos.

La debilidad de los partidos tradicionales –que no es un hecho deseable para las fuerzas democráticas y progresistas– despista y confunde a las derechas.

Se desarrolla así un pensamiento particularmente absurdo, como queda sustanciado en un editorial del diario El Observador en su edición de ayer domingo, en el que se termina reprochándole a Tabaré Vázquez y al Encuentro Progresista que no lleve adelante el programa de… la derecha.

Muestran desconfianza, los editorialistas del matutino. Dicen estar dudando acerca de si Vázquez se limitará a abatir el gasto estatal y abrir la economía para que transite triunfalmente el «libre juego de los mercados».

Pensamos que es razonable opinar que no hay motivos para tales dudas y tal confusión: las fuerzas progresistas no aplicarán el programa de las fuerzas conservadoras. Tienen otras ideas, responden a otros anhelos y a otros intereses sociales.

La posibilidad de promover un programa distinto al actual, de alcanzar el gobierno y aplicarlo está en la esencia de la democracia, aunque a muchos les cueste entenderlo. *

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