De escribas y cagatintas
El discurso de Tabaré que comenté con usted la semana pasada constituye una referencia obligada en la consideración de la complicada situación social y económica que atravesamos. Porque es serio, inteligente, tira líneas para buscar salidas entre todos partiendo del esfuerzo nacional y patriótico. Y también porque refleja el pensamiento del Presidente de la principal fuerza política de Uruguay. Por lo tanto, merece como mínimo respeto.
Eso es lo que he encontrado hasta donde me dio la nafta, en la recorrida de opiniones de compañeros y adversarios, como también en la prensa. Con una excepción: la del columnista permanente del semanario «Búsqueda», señor Daniel Gianelli.
Según el mencionado, el discurso del presidente del FA (del que hace un somero y parcial repaso), supone «un giro» en el mensaje, dado que el mismo «tiene pocos puntos de contacto con (…) hacer temblar hasta las raíces de los árboles (…) una lluvia de plebiscitos (…) al tiempo que habló de la reforma del Estado insistió en la campaña de recolección de firmas (Ancap) proyecto en cuya redacción participaron tres de sus legisladores (…) dio su apoyo a una propuesta (de Ffose para impedir) conceder a privados los servicios de agua corriente y de saneamiento.» Le reprocha que se haya opuesto «a toda o casi toda iniciativa surgida desde las filas del gobierno (…) En 1996 se opuso a la reforma de la seguridad social.»
Y provisto de ese manojo de acusaciones, el columnista especula –como lo hace todas las semanas– con las intenciones de Tabaré. «¿Verdaderamente hay un cambio de posición o se trata de un mero cambio de imagen para conquistar los votos que supuestamente le faltan para llegar al poder? Para terminar sentenciando que «las propuestas no pasan de enunciados vagos que tanto sirven para un zurcido como para un fregado»
Bien. Yo creo que todos tenemos el derecho de exaltar la bilis de vez en cuando. Es un derecho íntimo e intransferible. Pero muy distinto es cuando la misión que acepta cumplir alguien, se limita a denostar todas y cada una de las actitudes que asuma otro. Porque esa es la tarea que se le ha confiado al mencionado «columnista».
De las acusaciones desgranadas en esta oportunidad no es posible encontrar ningún tipo de contradicción, ni giro.
Es absolutamente coherente impedir la venta del patrimonio del Estado al peor postor utilizando todas las vías legales y constitucionales que habilita, pacíficamente, la organización institucional. Reformar el Estado no es sinónimo de vender, regalar, achicar sin ton ni son. Si bien tres compañeros legisladores frenteamplistas consideraron prudente mejorar algunos aspectos de una mala ley para Ancap, hubo otros cuarenta y nueve que coincidieron con la vía del plebiscito. No creo que nadie que se encuentre cómodo en sus zapatos pueda aprobar la privatización del servicio de agua corriente y saneamiento; sobre todo a la luz de la malísima experiencia maldonadense.
La reforma de la seguridad social de 1996 está en crisis, ha incrementado el déficit del Estado en la friolera de doscientos millones de dólares anuales y autoriza confiscar hasta el veinte por ciento de los aportes personales de cada trabajador. Y es bueno saber que la propuesta alternativa ya está elaborada y se ha presentado a la consideración pública hace dos años por el equipo de representación de los Trabajadores en el BPS. Y podría seguir pero no tengo más espacio.
Por último, nobleza obliga. Cuando el director de la página editorial de LA REPUBLICA me indicó que debía identificarme para opinar semanalmente en contacto con usted, opté por la verdad: Militante del Frente Amplio. Porque considero honesto presentarme a rostro descubierto ante usted. Creo que en la militancia social y política los tapados deben ser desaconsejados. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad