Contra la despenalización del aborto

 

No debe de haber algo más execrable, repugnante y cobarde que el crimen de un inocente. En el reino animal, con la única excepción del ser humano, ninguna madre mata a sus crías.

Ante situaciones críticas sociales, económicas o simplemente por razonamientos «intelectualizados» de miserables valores éticos, el ser humano, particularmente el femenino que debe tener sentimientos naturales de ternura y protección materna, obviamente por ese amor especial propio de la que da el ser, en forma paradójicamente despiadada, mata lo más sublime que una mujer puede ofrecer como producto de sus entrañas: la vida de un hijo.

Me preocupé por averiguar las «argumentaciones» de algunas legisladoras, que son las más fanáticas defensoras de la despenalización del aborto y futuras carnicerías de embriones y fetos, seres humanos como cualquier ser viviente, les guste o no.

Y sinceramente me produjo escalofríos sin perjuicio del desprecio más supino. Supongo que algunas serán madres. Cuando sintieron en su momento, los primeros pujos propios del parto correspondiente, ¿se les habrá ocurrido llamar al abortero o al ginecólogo para matar o hacer nacer al hijo? ¿Habrán dudado? No deja de ser interesante hacer conocer a sus votantes los sentimientos «humanistas maternales» de estas «ilustres» damas. Entre las originales monstruosidades propuestas se legalizaría el aborto hasta las primeras doce semanas. O sea, en buen romance, el embrión o feto no sería ser humano y se le puede matar como a cualquier «cordero» legalmente hasta la semanal docena.

El «mamarracho» criminal suena incluso hasta como de cábala quinielera. ¿Por qué 12 y no 23 o 31 por decir cifras? ¿Por qué recién, si seguimos el razonamiento, a las doce semanas se transforma en ser humano y no desde su concepción? ¿Acaso la primera célula no tiene ya el inicio de todos los sentidos sin perjuicio, desde el punto de vista filosófico de poseer un alma con derechos inalienables a la vida? Leí también que la mujer es la dueña de su cuerpo y tiene derecho a decidir sobre él. ¡Qué brutas!

Puedo estar de acuerdo con la propiedad corporal propia. Pero de lo que no son dueñas es precisamente de la vida que llevan «dentro». Su obligación es defenderla y no «carnearla».

Pero de estas «pintorescas» iniciativas, tal vez buscando de buena fe conformar las distintas tesis absolutamente dispares, tampoco escapa algún legislador nacionalista, incluso perteneciente a mi sector político Alianza Nacional, que como es notorio he defendido y me he identificado con su prédica y filosofía desde esta misma columna.

Pero, a lo vasco, en esto, no. Los dirigentes de marras proponen hacer un plebiscito para determinar si la ciudadanía quiere o acepta el aborto mayoritariamente o lo rechaza como hasta ahora. Me resulta insólito. ¿Qué plebiscitaríamos? ¿Una nueva enmienda o reforma legal electorera modificando estructuras de gobierno que impiden o no una mayor flexibilidad leguleya o estamos eligiendo eliminar o no los valores éticos de la vida misma? La vida, mis estimados correligionarios, es un derecho natural que sólo «Tata» Dios tiene disponibilidad sobre ella. Ni yo ni nadie puede disponer por «voto secreto» la abolición real o moral del crimen de una criatura.

Sin perjuicio claro está, que por más «secreto» que el voto sea, «Alguien» estará viendo mi balota en el «cuartito» de la urna. Y a ese «Alguien» es al único que no se me ocurre discrepar en ninguna instancia. Entre otras muchas razones, porque es infinitamente justo y el dueño de la verdad. No se equivoca jamás. No hay razones éticas entonces, que justifiquen un crimen.

Si no se puede mantener un hijo, que no se le tenga. Nunca asesinarlo.

Lo más grande que un ser humano puede concebir y vale cualquier sacrificio, es brindar una nueva vida. Si se hacen esfuerzos, muy respetables y meritorios, políticos, económicos, sociales, comerciales, profesionales o de cualquier orden, todos juntos no se comparan con el de criar hijos, luchar por ellos, defenderlos y dar en lo que mayor se pueda una solución futura.

Por más miserable que pueda ser la existencia de los padres, entre otras cosas el Estado debe solucionar estas situaciones críticas en lugar de reflotar bancos fundidos, mucho más miserable es el crimen de un ser absolutamente inerme que depende de la grandeza, generosidad, amor y sacrificio o de la mezquindad, egoísmo y crueldad de los progenitores.

Tanto del padre como de la madre por igual. Los derechos naturales y sus valores éticos ni se plebiscitan ni son necesarios legislarlos. Son inmutables. ¡Viva la vida! *

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