Al rescate del auténtico nacionalismo

 

Los blancos que hoy orgullosamente estamos en el Encuentro Progresista-Frente Amplio no venimos de la nada, sino que –habiendo procesado la historia del pasado político de nuestras convicciones– resulta que nos encontramos coincidiendo en cuestiones de principios y sentimientos con una masa inmensa de otros compatriotas de los más diversos sectores del pensamiento nacional que, democráticamente unidos, sostienen la coincidencia de un programa y proyecto de gobierno de reconstrucción progresista de la patria, sin que por ello pierdan su identidad y emoción original por la que tanto lucharon dentro del Partido Nacional con el ideal de hacerlo cambiar de rumbo.

En el proceso histórico político partidario uruguayo, a partir de 1830, los sectores dominantes de la época posartiguista, pujan y se dividen el poder en el naciente Estado. Ninguno rescata el pensamiento social y democrático de Artigas; peor aun; lo niegan totalmente cuando desconocen los actos resultantes de su Reforma Agraria de 1815. Esa diferencia entre los sectores dominantes no es otra cosa que la diferencia histórica entre los caudillos Rivera y Oribe y cuyo enfrentamiento en la batalla de Carpintería no supone un nacimiento de partidos, sino el combate entre tropas de dos caudillos diferenciados por cintas de distintos colores.

La guerra grande enfrenta a Oribe y a Rivera en una situación compleja y más claramente definida ideológicamente, cuando por un lado Rivera, como antes lo hizo con los portugueses, una vez más es aliado al imperialismo invasor anglo francés y por el otro lado, Oribe, aliado a un Rosas defensor de la nacionalidad argentina y enfrentado a la prepotencia rapiñera de la flota europea. Es probablemente aquí donde puede encontrarse la raíz ideológica que recorrerá la historia del Partido Nacional; la concepción nacionalista y antimperialista. Esta concepción ya no pertenecerá a ningún caudillo y pasa a resultar patrimonio de la gran masa. Y ello se manifiesta en el segundo sitio a Paysandú con la estremecedora resistencia encabezada por Leandro Gómez, a fines de 1864, ante la invasión del Uruguay por las tropas brasileñas aliadas a las del traidor Venancio Flores, armadas con el apoyo de la oligarquía porteña. Vendrán décadas de horroroso militarismo y al amanecer del siglo XX surge Aparicio Saravia, levantando la bandera de la participación civil en la elección del gobierno, a través del voto secreto, la ruptura del centralismo y la moralización en la función gubernamental.

Su muerte en combate cierra el doloroso ciclo de las guerras civiles. Los rasgos saravistas de altiva rebeldía ante cualquier sojuzgamiento de los derechos, la lucha contra la inmoralidad del uso de los cargos públicos para aprovechamientos personales o de favor a pequeños grupos de privilegiados, el nacionalismo y el antimperialismo, son reivindicados por un sector del Partido Nacional, opuesto internamente al Herrerismo.

A partir de la dictadura de Terra ya no habrá ninguna diferencia ideológica entre los sectores dominantes oligárquicos de los partidos Colorado y Blanco.

Por los años sesenta aparece Wilson Ferreira, opositor lúcido al reaccionario pachequismo y luego a la dictadura fascista de 1973, con la idea de una reforma agraria y propósitos reformistas de rescate del nacionalismo y antimperialismo, abandonados ya por la dirección de un Partido Nacional decadente e ideológicamente reaccionario, con colaboracionistas de la dictadura, tanto en la de Terra como en la de Bordaberry.

El proceso histórico demuestra claramente que el Partido Nacional ya no expresa una identidad ideológica distinta a la del burgués Partido Colorado.

Es evidente que su vigencia política está condenada a desaparecer sin pena ni gloria. Pero los viejos y siempre renovados principios antimperialistas, nacionales y morales que alentaron con su ejemplo Oribe, Leandro Gómez, Aparicio Saravia, Carnelli, Paseyro, Wilson Ferreira y Gutiérrez Ruiz, es decir la idealidad auténtica de los blancos, no se han de perder en tanto tengan un lugar de expresión política digna donde sostenerlos con coherencia y sin traicionarlos.

Los blancos auténticos hemos encontrado ese lugar en el Frente Amplio, en su espacio multitudinario y progresista, multifacético y democrático, unitario y solidario, nacionalista y libertario.

Tras un largo camino de lucha por los ideales señalados, hemos encontrado en el Frente Amplio el de la coincidencia por alcanzarlos, para que la patria –como decía Aparicio Saravia– no sea la de un grupo de mercaderes ni de demagogos que hacen de las prerrogativas del ciudadano nubes que el viento lleva. *

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