Bush sigue apostando a la guerra
La actual administración republicana sigue presionando a favor de la guerra contra Irak. Sobre la base de la creación de hechos consumados, el grupo hegemónico de los halcones comandados por George W. Bush ha aceptado a regañadientes las líneas de acción propuestas por la ONU basadas en la realización de una inspección de campo que permitiera confirmar o desmentir la denuncia norteamericana que sostiene que el régimen de Saddam Hussein posee y fabrica armas de destrucción masiva. ¿Cómo no las va a tener si nosotros mismos se las dimos cuando la guerra contra Irán?, podría replicar Bush, pero hasta el momento no se ha resuelto a dar esa muestra brutal de franqueza.
La lógica que conduce desde el atentado terrorista del 11 de setiembre a la acción militar preventiva que se ensaya contra Irak está atiborrada de argumentos de ese tenor.
El hecho es que todos los pasos destinados a solventar desde la acción de las Naciones Unidas, en base al respeto por los tratados, un camino destinado a resolver la cuestión sin exponer al mundo a los sobresaltos y consecuencias inesperadas de una nueva guerra, tropiezan con la hostilidad del grupo de «duros» instalados en el gobierno de Washington.
La última de esas zancadillas al intento de una resolución pacífica y regulada por la ONU se dio el lunes pasado, cuando llegaron a Bagdad los inspectores de Naciones Unidos dirigidos por el experimentado diplomático sueco Hans Blix, el mismo día aviones norteamericanos sobrevolaron y bombardearon posiciones defensivas iraquíes.
Al mismo tiempo, en los Estados Unidos, varios de los voceros de los «halcones» la emprendieron contra los inspectores de la ONU que acababan de desembarcar en Bagdad.
El propósito es descalificar a los operadores técnicos de la ONU en vistas a la continuación de la acción unilateral de los Estados Unidos contra Irak.
Resulta bastante claro que sólo a los sectores de la elite política y petrolera que rodea a Bush, la perspectiva de una guerra preventiva contra Irak puede resultar jubilosa.
Como se ha hecho notar, en los últimos meses han proliferado las declaraciones que, reconociendo los riesgos que conlleva el estilo y la ideología del régimen iraquí, se pronuncian resueltamente contra la guerra.
No obstante la posición de sus aliados europeos y en los países árabes, la política de acción militar preventiva se sigue desarrollando activamente.
No han faltado, en estos días, quienes han hecho notar las coincidencias entre los objetivos no declarados de la acción norteamericana y la cuestión del petróleo.
En una nota publicada hace unos días en Madrid, el prestigioso analista español Ludovico Paramio ha hecho notar la elocuencia de las declaraciones de James Wooslsey, ex director de la CIA.
Refiriéndose a las ventajas que se podrían esperar del derrocamiento de Hussein, el ex funcionario recordó, sobre todo a los europeos, que «el nuevo régimen democrático de Irak deberá renovar o establecer nuevas concesiones a las compañías petroleras occidentales, y que los países que no apoyaran el ataque podrían quedar fuera del reparto del petróleo iraquí».
Esta visión ha cobrado fuerza ante lo que algunos denominan la falta de confiabilidad del gobierno de Arabia Saudí.
Y concluye Paramio: «En el cálculo de los sectores más duros de la administración de Washington pueden parecer aceptables los riesgos que acarrearía la guerra en Irak si a cambio se logra volver a contar de nuevo con las reservas de este país tras doce años de embargo, y además en manos de compañías norteamericanas, como alternativa a las reservas saudíes.
El cuadro, como se ve, no puede ser más inquietante. Todos los analistas pronostican que, en caso de guerra, los estremecimientos acentuarían grandemente la recesión mundial, agravando las condiciones en que se desenvuelven las maltrechas economías del Tercer Mundo. *
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