Canuto
Antonio Pippo
El cambio de ministros en un gabinete suele ser un procedimiento rutinario, al cabo del cual nadie aguarda cambios conmovedores. Empero, es posible advertir, a veces, matices propios de personalidades distintas –quien llega es más activo, componedor o ingenioso que quien se va– o propuestas un poco más enérgicas, tal vez impulsadas por ingenuidad o excesiva confianza.
El doctor Santiago Pérez del Castillo aterrizó en el Ministerio de Trabajo con un discurso interesante, del que me permito extraer una idea central: a contrapelo de la corriente que hoy predomina, ha dicho que descree de la flexibilización laboral a ultranza y que es posible negociar, aun en estas dramáticas circunstancias, en busca de acuerdos con el fin de promover el empleo y mejorar las condiciones generales del trabajo.
Caramba. La pregunta es: ¿cuánto puede influir un nuevo ministro en el gobierno al que ha prometido lealtad, si éste no ha hecho hasta ahora nada de lo que aquél promueve a su llegada?
Algunas cosas son posibles. Cuando empujaron a Bensión para que entrara Atchugarry hubo cierta distensión que fue un alivio. Stirling, desde el primer día, generó una relativa credibilidad que ha podido sostener pese a la corrupción policial y a los bamboleos de Batlle. ¿Podrá Pérez del Castillo diseñar y dar vida a un ámbito creíble de negociaciones colectivas para pelear contra la pauperización de los ámbitos laborales, siendo apenas un instrumento de un gobierno tan errático?
Al menos ha dado espacio a una vigilante expectativa, sobre todo entre los trabajadores. Se trata de un profesional, de un especialista, y esto, aquí y ahora, es una ventaja comparativa monumental.
De todos modos, y mientras se le abre una confianza crítica, uno siente la tentación de sugerirle prudencia. Aunque sea porque la voluntad tiene límites y hay cosas que el hombre puede hacer por sí mismo y otras que no. Lo prueba, por el absurdo, la historia de Canuto, rey de Dinamarca, que prohibió por decreto que subiese la marea.
No se ahogó –en realidad lo asesinaron– pero cuentan que le faltó poco. *
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