Democracia y medios de comunicación
«La opinión pública no es una revelación divina. ¿En qué medida los medios de comunicación la reflejan? ¿En qué medida la condicionan? Tal vez, como sucede en algunos cuentos de hadas, son espejos que reflejan una imagen que ellos mismos crean». Tabaré Vázquez, Plenario del Frente Amplio, 9-11-02
Entre los varios asuntos de carácter estratégico a que hizo referencia en su informe el doctor Tabaré Vázquez en el reciente plenario de su organización política varios destacan por su importancia: la comi-trágica situación en que se encuentra el país tres años después del acuerdo entre blancos y colorados previo a las elecciones presidenciales de 1999, las obligaciones insoportables que al país le impone el endeudamiento, la necesidad de una nueva política tributaria, entre otros.
Cuestiones perentorias que van más allá de lo que podrían ser asuntos del interés de una determinada fuerza política para trasformarse en aspectos centrales de la democracia tal como ella funciona en nuestro país.
En ese terreno se destaca la cuestión de los medios de comunicación y del peso que ha adquirido en Uruguay el oligopolio mediático que controla con puño firme los canales de televisión abierta, la televisión por abonados y buena parte de las emisoras radiales de capital e Interior.
Ese virtual monopolio mediático al que le ha hecho mella el crecimiento electoral de la izquierda; ni siquiera sus reiterados triunfos electorales en Montevideo.
La incorporación al debate de esta cuestión es uno de los méritos, y no el menor, de la intervención política que comentamos. Ha sido y es un tema «tabú» y no hay democracia política plena sin una radical democratización de la comunicación social en el país.
En su propuesta el doctor Vázquez ha adelantado una serie de reflexiones destinadas a encauzar ese inaplazable debate: «Los medios de comunicación –sostiene– no son vigilantes ni víctimas del poder. Son un eje de poder».
Más adelante agrega: «Los medios de comunicación, en mayor o menor medida, siempre están vinculados a ideologías, intereses económicos (téngase en cuenta que por lo menos son empresas con fines de lucro) y partidos políticos. No basta con proclamar independencia para ser independientes».
Resulta por demás claro que para una organización política democrática que aspira a alcanzar el gobierno a través de las elecciones, esta ligazón entre los intereses del oligopolio mediático y de los sectores económicos y políticos conservadores es de una importancia decisiva.
Hace apenas unas semanas el analista brasileño Emir Sader, reflexionando sobre los desafíos planteados a un gobierno de Lula y sobre los sucesos que se desarrollan ahora en Venezuela, sostenía que «Chávez se ve bloqueado en su capacidad de gobernar por un movimiento opositor que detenta gran parte de los capitales privados, entre ellos el monopolio de los medios de comunicación». En casi toda la región, la información que se ha tornado un medio fundamental para formar conciencia, se encuentra exclusivamente en manos de grupos capitalistas privados que se valen de un precepto básico del capitalismo: el respeto a la propiedad privada de los medios de producción. Esto termina por generar un choque entre la democracia y el capitalismo, concluye Sader.
El problema, como se ve, está extendido en buena parte de nuestra América Latina, aunque probablemente Uruguay sea el país donde más herméticamente se produce el ceñido control que, desde los sectores económica y políticamente más fuertes, se ejerce sobre el conjunto de la sociedad. Antes, durante y después de las consultas electorales. *
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