¿A dónde va el gobierno?
Aun a riesgo de parecer recurrentes, entendemos pertinente insistir en el tema del nuevo escenario político surgido como consecuencia del fin del gobierno de coparticipación. Nuevos elementos surgen en el panorama y exigen que nos detengamos a examinar otras facetas del asunto.
En primer lugar, es de destacar la sugerencia hecha por el líder nacionalista al presidente de la República en el sentido de convocar a una cumbre de conductores de partidos y sectores con el objeto de analizar –e intentar llegar a un consenso– algunos temas particularmente urticantes, tales como los compromisos con organismos crediticios internacionales y la crisis financiera.
Desde estas páginas hemos insistido –uniendo nuestra voz al clamor generalizado y manifestado explícitamente en la Concertación para el Crecimiento– en la necesidad de que, desde el gobierno, se convoque a un gran diálogo nacional donde sean oídas todas las voces. Entre otras razones, porque la realidad nos indica que luego de dos años y medio, el gobierno ha quedado aislado y de espaldas a los reclamos de la sociedad.
La legitimidad de que se revistió el gobierno surgido de las urnas a fines de noviembre de 1999 –en razón de haber sido ungido por la mayoría del electorado– ha venido sufriendo un desgaste importante que se manifiesta con toda claridad en los sondeos de opinión, cuyos resultados muestran un paulatino crecimiento de la desaprobación a la gestión gubernamental y un avance notorio de las fuerzas progresistas en las preferencias del electorado.
Estos datos de la realidad –datos perfectamente objetivos– deberían mover a reflexión al doctor Batlle y advertirle que la postura de prescindencia intransigente no conduce a nada bueno. Sin embargo –lejos de mostrarse sensible al reclamo, sobre todo cuando la crisis nos azota de manera brutal– el actual presidente se mantiene en una postura que ningunea a la oposición; una oposición que es la primera fuerza del país, que recoge las aspiraciones de la comunidad y que ha enviado señales claras de su voluntad de ayudar.
Por otro lado, la ruptura de la coalición –y el consiguiente abandono del gabinete por parte de los ministros blancos– dejó algunas carteras vacantes. Si bien nuestro régimen constitucional no exige –como sí ocurre en los regímenes parlamentarios– que los secretarios de Estado cuenten con apoyo de las Cámaras, por lo general se ha tratado de que las designaciones recaigan sobre personalidades con un claro respaldo político. Pues bien, en esta ocasión, el Presidente ha optado por incorporar a su gabinete a figuras sin un fuerte compromiso con los partidos.
No queremos de ningún modo poner en tela de juicio la idoneidad profesional ni la solvencia moral de los nuevos titulares del Mvotma ni del MTSS, cuyos antecedentes los hacen, en principio, aptos para desempeñarse en sus cargos. Pero en momentos en que a la crisis social y económica sin precedentes viene a sumarse esta crisis política provocada por el alejamiento de los nacionalistas del gobierno, el Presidente podría haber aprovechado la coyuntura para tender puentes no sólo hacia su ex socio sino también hacia la oposición, como forma de mostrar una disposición al diálogo que todos le reclaman.
En conclusión, el gobierno sigue sin dar señales positivas y tiende a profundizar cada vez más su aislamiento. *
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