Cambalache
POR ANTONIO PIPPO
Hubo un momento en que la gente rió. Fue cuando Batlle, en plena campaña para las elecciones pasadas, habló de la venta de ñandúes como uno de los buenos negocios que Uruguay podría abordar.
La risa, muchas veces, tapa la ignorancia. En aquel momento, muchos de nosotros no sabíamos de semejante posibilidad comercial. Claro, también es cierto que luego, cuando todo el mundo estaba más o menos informado del mercado de ñandúes, el país siguió aferrado como una garrapata a la carne, la lana, el arroz y los lácteos. Es que de otro modo no paga sus cuentas.
Pero ahora acaba de ocurrir algo que otorga a Batlle la condición de ver el futuro como nadie. En Maldonado acaban de cerrar una venta de pingüinos a España. ¡Pingüinos! La macana es que fue una viveza de patas cortas de una organización no gubernamental y el negocio –medio centenar de animales para un zoológico, a setecientos dólares por cabeza– ha sido calificado de «tráfico ilegal».
No importa. Que la próxima la hagan más prolija. La cuestión es que ha renacido la esperanza de hacer viables las exportaciones no tradicionales. Momentito: no sólo «no tradicionales»; también podrían ser definidas como de «enorme utilidad pública» y hasta de «patrióticas».
¡Otra que ñandúes nos vamos a sacar de arriba!
¿Se imagina, lector? Por acá, una exportación de directores de entes inútiles. Por allá, otra de gremialistas patoteros. Luego, un contenedor de funcionarios públicos haraganes e irrespetuosos. Más tarde –y ojo, que en este caso el problema puede ser el destino– uno más de políticos electoreros. Y todavía nos quedarían unas cantidades enormes de corruptos, usureros, contrabandistas, adivinadores del 0900, presos que se quieren ir como Clavijo, borrachos que mangan, faloperitos de media tarde, bandas de salsa, ministerios al cohete y coaliciones desarmables «made in Cuqui».
No es únicamente el dinero que a cambio se podría obtener. Aunque no fuese tanto, ¿quién no disfrutaría de un país liberado de toda esa mercadería?
Y pensar que reíamos. Grande, Jorge. Si parecés Discepolín…¡qué visión! *
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