Ecos de una convención democrática

Con independencia de lo que se pueda opinar sobre las virtudes o los peligros que entraña la decisión nacionalista de dejar los cargos en el Poder Ejecutivo, resulta evidente que la convocatoria y reunión de la Convención del Partido Nacional es un hecho democrático relevante.

La realización de un debate abierto al público y a la prensa es, por sí mismo, un hecho que introduce oxígeno y aire fresco en la circulación de las ideas y las conductas políticas.

La circunstancia que las diferencias de opinión, tanto en el plano del quehacer inmediato como de las cuestiones más programáticas y de principios, se diriman en una asamblea, con fundamentaciones a viva voz, es un hecho positivo. Permite que las tensiones se canalicen y se aclaren, y esto ocurre en el instante mismo que los oradores hablan y la asamblea responde.

La prácticas «asambleísticas» fueron siempre un atributo de las formaciones democráticas y de izquierda.

Don José Batlle y Ordóñez, Julio César Grauert, Domingo Arena y muchas de las grandes figuras históricas del coloradismo se sentían «en su salsa» participando y polemizando en las asambleas de la convención partidaria.

Y esta convención supo tener, durante decenios, una gran gravitación en el momento de la elaboración de propuestas y en el de la toma de decisiones. Corrían los viejos buenos tiempos del batllismo inaugural de principios del siglo pasado.

También la izquierda –aunque en estos últimos tiempos en menor grado y con menos frecuencia– gestó su proceso de constitución como fuerza política al amparo de sus debates públicos y sus asambleas democráticas.

Es asimismo significativa la resistencia visceral que las derechas suelen oponer al desarrollo de los debates abiertos y públicos.

Los caricaturizan como «torneos de oratoria». Resueltamente los conservadores prefieren los debates mediáticos, con una participación restringida a algunos líderes, que discuten para la pantalla chica alejados de cualquier expresión colectiva de aprobación o desaprobación.

Por el contrario, y probablemente la experiencia del Partido Nacional con la reunión del pasado domingo así lo confirme, el curso de un debate democrático abierto y a viva voz contribuye a decantar tensiones y desbrozar caminos.

Las decisiones nacionalistas del domingo 3 tendrán, muy probablemente, otro efecto positivo.

Los blancos han dicho que, desde ahora, la relación con el gobierno presidido por el doctor Jorge Batlle se hará sobre la base del sostenimiento de la gobernabilidad y tendrá como escenario la labor legislativa.

Es indudable que hay un cambio de importancia, sobre todo en relación con los mecanismos de gestación de las iniciativas y de toma de las decisiones.

Todo parece indicar que, situados los acuerdos en torno a propuestas legislativas, la nueva forma de concreción de la alianza entre el Partido Nacional y el Partido Colorado habrá de determinar una jerarquización del escenario parlamentario.

Si esta previsión se confirma, el sistema político uruguayo habrá dado un paso positivo en dirección a un mayor equilibrio de poderes, una mayor transparencia y una apertura más amplia en la toma de decisiones.

La jerarquización del Parlamento como espacio de decisión le dará de nuevo interés para las corrientes de opinión y –sobre todo– para los sectores sociales golpeados por la crisis que a menudo sienten que desde el campo político no se presta suficiente atención a los angustiantes problemas económicos y sociales que padece la población. *

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