Con la resolución tomada por la Convención del Partido Nacional, podrÃa decirse que se ha cerrado un capÃtulo de la azarosa gestión gubernamental a cuyo frente se halla el doctor Jorge Batlle.
En primer lugar, es preciso resaltar un hecho no menor: el recurso, siempre saludable, a un mecanismo de democracia partidaria. Independientemente del hecho que el Directorio se haya adelantado a decidir sobre un problema que debÃa dirimir la Convención, en una maniobra que disgustó a más de uno porque percibieron en ella una presión inadmisible, más allá de ese hecho que pudo haber empañado la decisión de los convencionales, repetimos, los blancos practicaron una saludable democracia interna; una práctica caÃda en desuso en ambas colectividades polÃticas tradicionales. El órgano soberano deliberó y tomó una resolución; discutió y votó con libertad.
Hay quienes sostienen que ante el eco que tuvo la convocatoria impulsada por el senador Larrañaga y la disposición mayoritaria entre los convencionales de votar la desvinculación de la coalición, el presidente del Directorio prefirió adelantarse a los hechos –promoviendo el retiro de los ministros desde el máximo órgano partidario– como forma de no quedar en minorÃa y evitar una probable derrota. Pero todo esto no son sino conjeturas y lo importante es que la democracia interna funcionó.
Pero cumplido ese trámite, cabe preguntarse: ¿en qué medida se verá modificado el esquema de gobierno con la renuncia de los ministros blancos?
Desde el punto de vista formal, se firmó el certificado de defunción de la coalición, aunque en rigor, lo que ha tocado a su fin es el gobierno de coparticipación, de cohabitación o cogobierno. Desde el punto de vista formal, la ruptura del connubio entre las dos colectividades tradicionalmente rivales implica el fin de compromisos asumidos y, por tanto, una mayor libertad de acción para el socio menor –el nacionalismo–, que de ahora en adelante no se verá maniatado ni obligado a acompañar con su voto todas y cada una de las iniciativas del Ejecutivo.
Desde estas páginas, más de una vez habÃamos insistido en la necesidad de que el viejo partido de Oribe, de Saravia y de Wilson Ferreira hiciera valer los votos con que contribuyó al triunfo del doctor Batlle. HabÃamos advertido que la colectividad nacionalista, al confundirse con el coloradismo, estaba sufriendo una pérdida de perfil y se desdibujaba a los ojos de la ciudadanÃa.
Reclamábamos no necesariamente la ruptura pero sà una actitud de mayor firmeza; una actitud de responsabilidad frente a su electorado y frente a la ciudadanÃa toda; una postura más intransigente de sus parlamentarios en el sentido de condicionar su apoyo al Ejecutivo a que éste no desoyera sus propuestas.
Todo pacto o acuerdo implica que las partes se comprometan a algo y que ambas se obliguen recÃprocamente a hacer ciertas concesiones. Y lo que era visible en estos dos años y medio de gobierno de coparticipación, es que el Partido Nacional habÃa asumido dócilmente su papel de socio menor limitado a votar afirmativamente las propuestas batllistas y habÃa resignado las suyas, sus iniciativas y sugerencias.
Si el haber roto los vÃnculos que lo ataban al gobierno le permite al nacionalismo recuperar su libertad y su perfil, bienvenido sea el fin de la coparticipación. No para aislar al doctor Batlle ni para generar una indeseable inestabilidad institucional, sino para promover –sin ataduras– alianzas diferentes que permitan impulsar los cambios que todo el paÃs reclama. *
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