Dilema para frenteamplistas

 

Yo, igual que usted, me emocioné, festejé y sigo disfrutando el impecable y nítido triunfo de la izquierda brasileña, llevando a Lula a la Presidencia de ese enorme país que vive al lado nuestro. Yo, igual que usted, tengo mucha confianza en los cambios que su gobierno pueda instrumentar para aminorar las enormes diferencias que dividen a los brasileños. Especialmente, confío en que esta bendita región pueda reposicionarse para defender nuestros intereses.

Pero lo que me tiene caviloso desde que se lo escuché al presidente electo es esa frase-consigna, que muchos repetimos con alegría y hacemos nuestra: «la esperanza venció al miedo.»

A ver si me explico; estoy de acuerdo con usted en que la afirmación encierra una gran verdad, una hermosa verdad. Ella sintetiza la inutilidad de las amenazas de los mercados internacionales, de los agoreros de la desestabilización democrática y económica; de los anunciadores del caos y el peligro del populismo. Todos los que tocaron esa cuerda fueron tapados por la avalancha de voluntades expresadas en votos, que apostaron por la esperanza del cambio, en lugar de continuar en el túnel del miedo.

Hasta allí, está todo bien. Pero yo me pregunto cómo lo hicieron. Cómo lograron que seis de cada diez brasileños realizaran la apuesta y confiaran en ella; confiaran en que viene un cambio positivo de verdad y desecharan los fantasmas, limpiando las telarañas del miedo.

Desde que leí en mi adolescencia el libro «El AntiKomunismo en América Latina», de Juan José Arévalo –que fue presidente de Guatemala– tuve ese dilema. Lo discutí muchas veces con muchos compañeros y amigos. Me alegré mucho cuando creamos el Frente Amplio, seguro de que era el instrumento para vencer el miedo que gran parte de la sociedad tiene de nosotros y sobre el que trabaja paciente y tozudamente la derecha. Ese ha sido su caballito de batalla para impedir que los uruguayos se vuelquen hacia nuestras soluciones, aunque cada vez se sientan más desilusionados, desesperanzados y estafados por los sucesivos gobiernos de derecha en sus distintas versiones. Cada día cae un velo nuevo que los expone con más crudeza ante los ojos de la gente. Por eso es que hoy día trabajan simplemente sobre la desconfianza y el miedo.

Claro que no son ellos los únicos que juegan. Nosotros también actuamos y avanzamos. Sin embargo, fíjese, estuvimos a punto en 1994 y 1999. Pero en las dos oportunidades, por una causa o por otra, por una teta no fue vaca, como dicen en Treinta y Tres.

Hoy, la afirmación de Lula nos pone frente al desafío de que también nosotros logremos que ella se haga cierta en nuestro país. A mí no me alcanza con las encuestas que dicen hoy que ya somos la mayoría absoluta. No hay que descartar que las elecciones nacionales no son hoy; por lo tanto, manifestar que uno votaría a Tabaré puede significar, simplemente, sacarse la bronca contra las barbaridades del gobierno, hoy. Pero creo arriesgado confiarme en que ese estado de ánimo permanecerá intacto e incontaminado hasta el último domingo de octubre de 2004.

Por eso pienso y le propongo lo que, creo, habrá sido el devanarse los sesos de los dirigentes y militantes petistas brasileños, durante mucho tiempo (porque ellos también estuvieron a punto en tres oportunidades anteriores). ¿Qué puedo hacer yo para ayudar a que la esperanza pueda vencer al miedo? ¿Estaré actuando con la amplitud suficiente para unirme a los cientos de miles de compatriotas que hoy están desesperados pero me siguen mirando como pato al arreador?

De la respuesta y la acción posterior que desarrollemos para contestar a las interrogantes precedentes, depende que también nosotros hagamos realidad esa hermosa afirmación del presidente electo de Brasil. Hasta tanto, para nosotros, será solamente un dilema. *

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