Responsabilidad del Partido Nacional

El tema que debemos plantearnos los uruguayos está vinculado a una interrogante: ¿cómo llegará el país a octubre de 2004, con un gobierno que, paulatinamente, se está quedando solo? La decisión del Honorable Directorio del Partido Nacional no dejó de sorprender, porque abandonar a un gobierno con las características del de Jorge Batlle, es un hecho que pone a éste contra la espada y la pared y sume al país en la incertidumbre.

La decisión adoptada por Luis A. Lacalle, que levantó una enorme polvareda en la interna de su partido, cuando estamos a pocas horas de la Convención, tiene elementos que deben ponderarse. El costo político que estaba pagando el nacionalismo por estar integrado en una coalición en la que tenía además una participación nada más que pasiva, se mostró claramente en las encuestas de opinión en las que ese conglomerado histórico supera apenas el 13 por ciento de la intención de voto.

Por otro lado está el tema del protagonismo. El Partido Nacional era malamente consultado por el gobierno, corriendo cada una de sus propuestas la misma suerte que las que planteaba el Encuentro Progresista: se tiraban a la papelera, aprobándose –en base al monolítico acuerdo político– iniciativas realizadas por la cofradía de técnicos que compartían la dirección del país con el ex ministro de Economía Alberto Bensión, los que tomaban línea de las cartas de intención firmadas con el FMI y el Banco Mundial.

El lamentable papel que le cupo cumplir al Partido Nacional era, simplemente, acompañar votando con brazo de yeso esas propuestas, parecidas a la que se avecina vinculada al Banco Hipotecario del Uruguay. ¿Imperará en este caso el nuevo perfil, el de la llamada «gobernabilidad»?

El papel asignado en la coalición al partido de Oribe y Saravia fue lamentable y deshonroso. Sin embargo, por más de dos años cumplió el acuerdo con ejemplar disciplina, afirmando que la coalición permitía que Batlle gobernara. Por ello de alguna manera la decisión del pasado lunes sorprendió. Seguramente estuvo basada en una evaluación distorsionada, por parte de Lacalle, de lo que ocurriría en la Convención que se reúne hoy.

Si bien Larrañaga ha reiterado hasta la exigencia el rompimiento de la coalición ahora, con las cartas a la vista, sabiendo cuál fue la reacción de una mayoría de intendentes nacionalistas, de Juan Andrés Ramírez y otros dirigentes, es evidente que todavía el panorama no es nada claro.

Lacalle admite que el Presidente de la República tiene como característica lo que calificó como «una indecisión patológica», y afirmó que desde hace tres meses aquél no consultó formalmente al Partido Nacional sobre ninguna medida a adoptar, ni le trasmitió ideas ni pidió consejo sobre cómo sortear la gravísima crisis en que se encuentra sumergido el país.

Por todo ello, es evidente que los blancos tienen mucho para discutir en esta jornada. Volver a la situación anterior, reintegrándose al gabinete, sería inaceptable no sólo para el Partido Nacional, sino para el país. Tampoco sería adecuado continuar con el «brazo de yeso» a nivel parlamentario, pues por ese camino sólo se reiteraría lo ocurrido desde la asunción de Batlle a la fecha.

La discusión en que se debería enfrascar la Convención es sobre cómo trazar el camino por el cual ese conglomerado político entiende que se debe salir de la crisis.

Y desde allí en adelante realizar los acuerdos y las alianzas que determinen las circunstancias. *

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