La edad media
Antonio Pippo
A la búsqueda de atender la salud de forma seria y accesible, durante años se han manejado en este país diversas hipótesis. Hacer –lo que se dice hacer– no se ha hecho nada. Y esto nos asemeja inquietantemente a lo que ocurría en la Edad Media, donde, según el historiador Emile Male, «la idea de una cosa era siempre más real que la cosa misma».
Volviendo a la salud, hubo épocas durante las cuales se apostó a la regionalización, postulando un improbable desarrollo de hospitales ya desplomados por un desatendido deterioro.
Luego se habló de democratizar la asistencia privada, dando alegremente por hecho que las mutualistas se transformarían en empresas racionales y baratas. Más tarde, se dijo de cambiar el criterio asistencial y abaratar la atención de la salud a través de la prevención, impulsando un sistema de médicos de familia que jamás fue organizado con seriedad.
Ahora todo está peor y se ha ingresado a una crisis terminal, con mutualistas a las que ni un préstamo del BID logra rescatar, hospitales públicos y policlínicas desabastecidas, un centro de formación universitaria devenido mera carcasa y médicos divididos en dos grandes grupos, aunque el sindicato que los representa no lo diga: los pobres, que andan pluriempleándose para sobrevivir, y los ricos, que, transformados en empresarios con poder, lo han encarecido todo.
Eso sí, ha vuelto a tronar un grito unánime: ¡sistema nacional de salud! Y profesionales, trabajadores y empresarios, sin coordinar lo mínimo entre sí, agitan la vieja pancarta. Ante ellos, se alza un angustiado y balbuceante ministro de Salud Pública que no sabe, literalmente, hacia dónde agarrar; tal parece que lo único claro para él es que, hasta aviso de Atchugarry, no puede pagar a los proveedores.
¿Cuándo haremos algo, realmente?
Porque mientras el tiempo pasa, la gente sigue enfermando y no se cura, o sigue muriendo cuando pudo salvarse, en medio de un caos agravado por la desocupación, la pobreza y el hambre creciente de viejos, niños y madres adolescentes.
¿O acaso nos seduce tanto la Edad Media? *
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