¡Por fin nos vamos!

LEOPOLDO AMONDARAIN

 

Hay cosas inexplicables cuando se tiene buen concepto del personaje implicado y cuesta (aunque las razones parezcan evidentes) llegar a tristes conclusiones. Es el caso de la reacción de algunos intendentes que sorpresivamente se declaran contra la ruptura con la coalición colorada, después que unos días antes firmaran para realizar la Convención a los efectos de terminar con el acuerdo blanqui colorado. Hay incluso jefes comunales, de franca tendencia de nacionalismo izquierdista, que fueron respaldados en su departamento con un importante aporte de votos frenteamplistas, que hoy «lloran» por divorciarse de Jorge Batlle.

Más al centro del país, iracundos opositores comunales al coloradismo, al punto como dije de respaldar el apoyo a una Convención para abandonar la coalición, hoy hacen encendidas declaraciones defendiendo la «estabilidad» estatal batllista.

Como si el gobierno divertido pudiera tambalearse porque cuatro ministerios intrascendentes fuesen el motivo de su solidez futura. Seamos lógicos. Los cuatro ministros, lo denunció el propio Abreu, ni Bensión en Economía, ni Batlle o el Partido Colorado en pleno, hablando pronto y mal, les han «dado pelota».

El «deportólogo» ministro Jaime Mario, en un medular reportaje en el diario El País, se lamenta de los múltiples proyectos que los cuatro ministros, incluyéndose los «propios» obviamente, se frustran por la «mala» idea de Larrañaga de irse.

La crisis del país, sin perjuicio de las innegables referencias exteriores, son también por falta de inspiración, audacia, ideas, ineficacia y «metidas de pata» del Presidente. Y en esa «falta de todo un poco» del gobierno, no están exentos de culpa los «talentosos» ministros que no han hecho al decir de Wilson, un «reverendo carajo». Vamos a ser lógicos. Es obvio que en esa tradicional «ética» que siempre fue una constante batllista, el gobierno les ha hecho llegar a los distintos jefes comunales, el «corte de energía fiduciaria» al que vote el rompimiento: en buen romance, una amenaza. Otra explicación no hay para que «principistas» correligionarios que el lunes firmaban con la mano el martes borrasen con el codo tan fundamentales intenciones. Somos medio «bobos», pero no del todo. De allí, la «sana» esperanza de don Jorge de esperar el resultado de la Convención, por si acaso se llega a «armar relajo» y alguien se arrepiente respaldando al glorioso partido de don Frutos, de don Venancio; del «Goyo jeta» Suárez, de don Pepe, de Julio María y de él.

¡Todos excelentes amigos de los blancos! ¡Vamos a no ser imbéciles! Tiene razón Lacalle. (¡Cómo será que hasta yo le doy la razón!) cuando dice que en el gobierno blanco, ellos fueron mucho más crueles y feroces. En aquella coalición, uno duró un año y el otro un año y medio. Y nadie se quejó ni amenazamos a ninguno porque se quisieran ir. El Cuqui, viejo baqueano, conocedor del sentir de la masa blanca, ante el triunfo de Larrañaga, no quiere perder y se pliega con razón al «toque» del clarín de Camundá que el gaucho sanducero saravista ha pegado. ¡No somos iguales! ¡Gracias a Dios! Si algún doctor o dirigente se quiere quedar hermanado a los batllistas, es cuestión de gustos. ¡Que se queden! ¡Los blancos con los blancos! ¡En un solo haz! La unión de ideas, principios y conductas, nos darán fuerzas. ¡Por fin nos vamos! *

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