La encrucijada del Partido Nacional
El retiro de los ministros nacionalistas del gobierno de coalición coloca en situación crítica al conjunto del sistema de poder construido en este último período por parte de los partidos tradicionales.
Desde el punto de vista de la cohesión y del respaldo político no es lo mismo un gabinete bicolor que un ejecutivo todo colorado con eventual apoyo parlamentario del Partido Nacional.
La construcción del gobierno de coalición, el segundo paso posterior a la reforma de la Constitución (el primero fue la decisión de respaldar a Batlle con un cierto programa común), ha llegado a su techo político.
El primer gran acuerdo político y de gobierno con el nuevo sistema constitucional navegó apenas 32 meses.
El pasaje al sistema llamado de apoyo parlamentario a la gobernabilidad no parece llamado a un gran destino. Este gobierno, hasta ayer blanco y colorado, continuó el camino de sus antecesores y completó nuevas vueltas de tuerca en el sentido de concentrar el poder de decisión cada vez más en el Poder Ejecutivo, en perjuicio de la función parlamentaria.
En segundo lugar, la decisión de ruptura y separación ha corrido a cargo del Partido Nacional. Es sobre él que recae ahora la responsabilidad de darle continuidad al desarrollo de una línea de acción política que hasta el momento aparecía como estrechamente solidaria de las decisiones impulsadas por el Partido Colorado.
Es bien cierto que en el nuevo escenario para el coloradismo se abre un sinnúmero de dificultades, pero hay una tradición –y hasta una sociología– que le confiere al partido de la Defensa un apego mayor, consolidado y no asumido con el poder del Estado.
Hay una parte consistente de la administración central que ha sido y es colorada, como ocurre también en buena parte de las empresas públicas y en varios departamentos importantes.
Gobernar en soledad supone contratiempos y escollos pero ningún otro partido en el país tiene más experiencia, de la buena y de la otra, para conducir las riendas del gobierno y del poder.
Bien distinta por cierto es la situación del Partido Nacional.
Históricamente apareció como siendo el representante de un vasto espectro de sectores ligados al agro, al mundo rural y al empresariado mediano y hasta pequeño que emergía del proceso de modernización capitalista del sector agropecuario.
Wilson Ferreira le dio a ese perfil histórico la fuerza de su singular liderazgo contribuyendo a conformar un programa nacional coherente, de contenido no sólo rural sino también atractivo para amplios sectores medios de profesionales, empresarios, técnicos y hasta asalariados urbanos. Todo fuertemente conjugado con una línea de acción civilista y democrática.
En el curso del período posterior a la dictadura esta impronta tendió a perder algunos de sus rasgos distintivos.
Algunas decisiones muy discutibles, como el apoyo a la Ley de Caducidad, y el posterior fallecimiento de Wilson Ferreira Aldunate, tendieron a debilitar la consistencia de aquella corriente popular en el nacionalismo.
Con la presidencia de Lacalle, el viejo partido pasó cada vez más a depender de un aparato subordinado a la subsistencia estatal, a menudo parasitario.
Los lazos con sectores medios de la ciudad y del agro se debilitaron y la inserción en el Estado clientelístico fue la tabla de salvación para una parte considerable de su personal político. En esa situación el partido ha vegetado desde hace ya varios años.
En este momento, si la salida del gobierno de coalición fuera el primer paso en un proceso de reconstrucción de los lazos partidos con la realidad y las angustias y expectativas de la sociedad uruguaya, con los problemas que padece su entramado económico y social, la próxima Convención de los blancos constituiría un paso relevante en el fortalecimiento de la democracia uruguaya: es esa la encrucijada profunda que hoy enfrenta el viejo partido de Oribe. *
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