Las ollas
Antonio Pippo
No es nuevo que el hombre sufra para alimentarse aunque a su alrededor abunde la comida. Ha sido, siempre, un problema de injusta distribución y de omisión de quienes, en una sociedad democrática, deben velar por los más necesitados. Hasta en tiempos de los héroes olímpicos las cosas pintaban mal: a París lo alimentó una osa, a Egisto una cabra y a Hipólito una yegua.
Ahora hay ollas populares por todos lados. La gente ha resuelto enfrentar por sí misma al hambre –sobre todo el hambre de los niños– y multiplica los esfuerzos, desordenados a veces, para llevar un plato de comida a cada boca. Es otra apelación conmovedora a la solidaridad, cuando el Estado parece inmerso en una suerte de dificultad visual; no ve con exactitud, sino difusamente, lo que ocurre en su entorno.
Quiero ser claro. Nadie niega esfuerzos como los del INDA y las intendencias. Se trata, más bien, de advertir que no hay una ayuda racional ni suficiente; en todo caso, las necesidades de la gente siguen yendo por delante de los planes oficiales y en cada barrio de cada centro poblado los pobres levantan cuatro paredes a mano limpia, consiguen a duras penas los enseres imprescindibles y, aunque los alimentos escaseen, enfrentan el problema y pelean por resolverlo.
Pero es una lucha dura y se hallan en franca desventaja. Si el Estado se hiciese presente como corresponde, organizando sus recursos dispersos y coordinando con los interesados y con quienes pueden ayudar –tamberos, granjeros, organizaciones y empresas privadas–, las perspectivas serían un poco más alentadoras.
Esta es una de esas situaciones donde cuenta cada hora, qué digo, cada minuto para que los que tienen hambre la satisfagan con dignidad. Es un derecho inalienable de cada persona, sea quien sea y piense lo que piense.
Es triste que hoy, ante lo que ocurre, el Estado se esté pareciendo a aquel Sarmiento viejo y sordo descrito en un encuentro con Carlos Pellegrini.
-Doctor, anoche le he visto conversando con Sarmiento.
–No, mi amigo –contestó Pellegrini– usted habrá visto que Sarmiento hablaba solo. *
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