El comienzo de la ruptura

El 28 de octubre se convertirá en una fecha histórica que señalará, a dos años de las próximas elecciones nacionales, la ruptura de la coalición que había sustentado al gobierno de Jorge Batlle desde su misma asunción. El Partido Nacional, rompiendo su tradición, llamó a votar en el balotaje a su tradicional contendiente, y luego acompañó una tras otra las propuestas de un Poder Ejecutivo que comenzó a actuar con una soberbia pocas veces vista y llevó al país por un camino tortuoso que lo colocó en una crisis inédita.

La decisión de ayer del Honorable Directorio es histórica. Recordemos toda el agua que corrió bajo los puentes desde la asunción de Batlle el lº de marzo de 2000, en que el Partido Nacional actuó monolíticamente apoyando al gobierno y aprobando todas y cada una de las medidas, incluso las más graves para el país, como las inspiradas por el ministro de Economía Alberto Bensión, aceptando además que se concretara la aplicación de 16 nuevos impuestos, que cayera el salario real, que la desocupación llegara a guarismos récord y que la deuda externa y la inflación se dispararan.

Un Partido Nacional que también estuvo involucrado en toda la política financiera del gobierno, manteniendo influencia en la dirección del Banco Central y sin plantear contradicción alguna a la política de vaciamiento de las arcas públicas que impulsaron Bensión y Batlle para tratar de parar la sangría que se concretaba a través de un sistema financiero quebrado en su funcionamiento por la crisis argentina y por las acciones delictivas de algunos de sus propietarios (los hermanos Röhm e integrantes de la familia Peirano).

Ahora ese período de connivencia, al parecer, llegó a su fin. Se establecerá un sistema de coparticipación en el gobierno que, de acuerdo con lo que afirman algunos dirigentes nacionalistas, se llama «gobernabilidad». O sea que a nivel parlamentario, se acompañarán iniciativas del Poder Ejecutivo, pero llevando adelante la tarea con «cabeza propia».

El primer síntoma de la ruptura, sin duda, fue observado durante la discusión de la generalización del IVA a la salud, que el gobierno pretendía extender a todas las actividades comprendidas, en un 10 por ciento, lo que hubiera significado un mazazo de imprevisibles consecuencias. Sin embargo allí, en el marco de ese debate, comenzó a aparecer una actitud distinta del nacionalismo que determinó, obviamente, que el gobierno que hasta ese proyecto seguía «subido a los pedales» de la soberbia, comenzara rápidamente a rebobinar sus ideas y finalmente a modificar el planteo.

Allí comenzaron a arriarse las banderas de imponer las cosas a cualquier precio, por la utilización del «brazo de yeso», sin que importaran las consecuencias que a raíz de las medidas sufriera la gente. El costo político del Partido Nacional era atroz y ello comenzó a reflejarse en las encuestas de opinión, en las cuales aparece con la peor intención de voto de su historia.

La proximidad de la Convención nacionalista que se realiza la próxima semana puso al Honorable Directorio en una alternativa de hierro: o adoptaba la medida antes de su realización o, por el contrario, perdía autoridad teniendo que aplicar la ruptura que indefectiblemente se decidiría en ese cónclave.

Desde estas páginas más de una vez habíamos advertido sobre la necesidad de que el Partido Nacional revisara su postura que lo identificaba demasiado con un gobierno nefasto. Y ello por dos razones. En primer lugar, para generar un sacudón que obligue al gobierno a rever su forma de conducir el país, pero también porque el Partido Nacional –al aparecer mimetizado con el Partido de la Defensa– estaba firmando su certificado de defunción. *

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