Convención por coalición
LEOPOLDO AMONDARAIN
Ante la pertinacia de los gastados argumentos, nos queda la duda si se hacen por mayúscula tontería, producto de fanáticos conceptos conservadores o por intereses políticos menores. Claro, tontos en política son escasos y abunda en cambio la segunda opción. Esto viene al caso, pues los partidarios de la coalición insisten en querer convencernos en la desestabilización del gobierno si ésta cayese ante la iniciativa del senador Larrañaga.
Pasemos a puntualizar. a) Es importante determinar que se aclare por parte de los coalicionados gubernistas qué entienden por «desestabilización». La caída propiamente del presidente Batlle no es del caso, pues lo que se propone es sustituirla por la gobernabilidad que incluso también la dio Wilson en momentos institucionales más críticos que los actuales.
b) La debilidad del Presidente no se produciría por la caída de la coalición. La tiene hace rato. Es de consignar que fue perdiendo credibilidad, seriedad, prestigio y autoridad por culpas propias.
d) A esos efectos, el principal señalamiento fue el trato extrapartidario con el Partido Nacional. Se creyó, «inteligentemente», que con los ministerios, entes, embajadas y demás «carguetes», alcanzaba. Se olvidó que entre los blancos hay una natural resistencia histórica en sus bases y en mucha dirigencia a ese acuerdo con enemigos viscerales de siempre, como es su amado Partido Colorado batllista. Y empezó a título de mayor abundancia, a no cumplir con ningún proyecto o iniciativa nacionalista.
e) Sin perjuicio de los que desde el principio discreparon, como Alianza Nacional, de Larrañaga, fue creando anticuerpos en su contra, máxime cuando no hay soluciones viables a la crisis.
f) Esa coalición fue comprometiendo cada vez más al Partido Nacional. Sobre todo cuando se hizo notorio que el sostén, contra viento y marea, de don Jorge, obvio que era Lacalle. Incluso, con serios enfrentamientos internos en su grupo, con gente electoral y políticamente muy «pesada» como son el senador Garat y el intendente Chiruchi, al que el propio Batlle destrató grosera e injustificadamente en el período. Cosa imperdonable para cualquier blanco bien nacido, y el maragato lo es. g) Si a esto agregamos que los ministros blancos están «pintados», o sea poco o nada pueden hacer por falta de apoyo mínimo, deja a los socios ocasionales muy mal parados. La ciudadanía entra a pensar, no sin razón, que blancos y colorados son lo mismo.
h) Nadie quiere «matar» al gobierno, por ahora. Ni el propio Frente Amplio lo desea. Pero tampoco nadie razonablemente desea contagiarse con la «leucemia» política que el Partido Colorado y su «divertido» gobierno sufren.
i) Es obvio que no sólo Larrañaga, que nunca estuvo de acuerdo (ni ministerios quiso) debe poner distancia de la conmixtión batllista. Todo el Partido Blanco, lo hemos dicho hasta el cansancio, debe renunciar a todos los cargos. Incluso a los entes. Cosa que les cuesta entender a los doctores del Honorable. Por este tipo de políticas perdimos 300.000 votos en beneficio del Frente Amplio.
El Partido Nacional no puede resistir otro «sogazo» de este tipo por «hermanarnos» con los salvajes colorados unitarios. Siempre fuimos distintos. ¡Gracias a Dios! Nunca miramos hacia el exterior europeo o yanqui, sino para adentro de nuestra tierra y fronteras, como lo enseñaron Oribe, Leandro Gómez, Saravia o Herrera. ¡Buena cosa sería recordárselo al presidente del Honorable!
Espero que como blanco no lo haya olvidado. Antecedentes familiares para hacer memoria le sobran. *
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