El conflicto municipal

El conflicto que sacude a la Intendencia Municipal de Montevideo va bastante más allá de un enfrentamiento entre las autoridades y la organización gremial de los trabajadores.

Está sobre la mesa la historia de un determinado convenio entre las autoridades y el sindicato, las dificultades aducidas para su cumplimiento, las desinteligencias entre una y otra parte y finalmente el estallido de la huelga.

Hasta aquí, ateniéndonos a las cuestiones que nos propone la actualidad, no hay nada que suponga algún daño irreparable a la función municipal que es, en definitiva, el bien que se trata de preservar.

Repetimos, si de lo que se trata es de las cuestiones de actualidad inmediata.

Pero, a pesar de que no faltan los que pertinazmente se empeñan en no aceptar, la cuestión política no se compone sólo de las cosas prácticas, no se limita sólo a las cuestiones de la más perentoria actualidad.

El conflicto municipal –y por cierto espeso– seguirá su curso de acuerdo con las pautas de forcejeos y negociación inherentes a toda sociedad democrática, en la que las asociaciones de trabajadores son independientes de los partidos, se rigen por otras reglas de juego y deciden en los ámbitos de resolución previstos en sus estatutos. En ese terreno es una cuestión que concierne a los protagonistas directos del litigio.

Sucede que, como no podía ser de otra manera, el conflicto municipal conlleva una serie de cuestiones que no son de dilucidación inmediata. Algunos de los voceros de los trabajadores han dicho que la actitud del actual gobierno progresista del Municipio de Montevideo anticipa cuáles serán los criterios con que un eventual gobierno de izquierda encararía los conflictos con los trabajadores. Y llegan a calificar al gobierno de izquierda como «el peor enemigo de los trabajadores».

En esa línea de pensamiento, los sindicalistas han colocado al actual conflicto como un mojón, un antes y un después, que marcaría para siempre la circunstancias de desavenencia entre un gobierno progresista y las organizaciones gremiales.

En una visión antagónica a esta, el presidente de la Vertiente Artiguista, senador Enrique Rubio, ha visto en el conflicto municipal un intento de desestabilizar y hasta voltear el gobierno del Frente Amplio. El conflicto, agregó, coloca en el orden del día la cuestión de si, en un gobierno de (a nivel nacional) de izquierda «gobernaría la fuerza política o los sindicatos».

Ni una ni otra valoración parecerían compartibles en el estado actual de la discusión.

Todo parece indicar que es necesario avanzar en una reflexión acerca de qué carencias en uno u otro sentido han conducido a una encrucijada en la que dos sectores más o menos afines a las posiciones progresistas aparecen tan ásperamente enfrentados.

Vale la pena examinar qué papel está en condiciones de desarrollar la fuerza política progresista, no ya en el mismo momento del estallido de una determinada crisis laboral, sino de manera permanente, cómo traslada su visión de lo que está ocurriendo en el país y en el departamento, cómo examina autocríticamente los problemas de la gestión y corrige errores y cómo contextualiza –y persuade– de tal manera que los problemas del municipio no aparezcan como absolutamente desligados de lo que está ocurriendo en el país.

El conflicto, creemos, no debiera dramatizarse demasiado. No hay ninguna fuerza democrática de izquierda que en el ejercicio del poder municipal o nacional no se haya enfrentado a unos contratiempos similares.

Un buen gobierno para los vecinos de Montevideo es un bien preciado. Y más aun las posibilidades de un gobierno nacional de las fuerzas progresistas, expectativa legítima a la que nadie, por cuestiones del momento, tiene el derecho de cancelar. *

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