El ejemplo de Ana Belén Montes
Es el nombre de una ciudadana norteamericana, nacida en Puerto Rico, que en los últimos diecisiete años fue la responsable de Inteligencia sobre Cuba en el Pentágono. Mientras se desempeñaba en esa tarea en la que sus jefes la consideraban una empleada modelo– pasó información al gobierno de la isla. Lo hizo en forma artesanal (desde su propia casa) y gratuitamente, según declaró.
El juez que la juzgó la condenó a veinticinco años de cárcel por el delito de conspiración. En ese momento, la acusada leyó una declaración, por la que dejó constancia de que «la política de nuestro gobierno hacia Cuba es cruel e injusta, de malos vecinos, y me sentí moralmente obligada a ayudar a la isla a defenderse de nuestros esfuerzos por imponer nuestros valores y nuestro sistema político en ella».
El ministro cubano de exteriores, por su parte, reconoció el extremo de la colaboración de la funcionaria norteamericana con su gobierno y expresó: «Siento profundo respeto y admiración por la señora Ana Belén Montes (…) dijo que jamás recibió dinero de Cuba, lo cual confirmo. Actuó movida por la ética y por un admirable sentido de justicia».
Yo me inclino a comentar este episodio con usted porque — coincidirá conmigo– es insólito en este mundo que nos da permanentemente ejemplos de «hacé la tuya», en todas sus variantes. No sólo es un caso atípico en la selva que vivimos, sino que los móviles de la protagonista de los hechos comentados, han sido la justicia, la ética, la moral, en lugar del dinero. Si agregamos a eso que la tarea realizada, camina –en el mejor de los casos– en la cornisa delgada que separa la ética de la traición a la patria en cualquier lugar del mundo. Y, para terminar, quien inspiró esos sentimientos y alentó esas determinaciones es la vilipendiada revolución cubana.
Lo invito a que recuerde otro asunto que involucró a los gobiernos de Estados Unidos y Cuba: el caso del niño balsero, náufrago, Elián González, ocurrido hace un par de años. En aquella oportunidad, el padre del niño debió viajar a Estados Unidos para reunirse con su hijo. Allí fue objeto de todo tipo de presiones para que eligiera «la libertad» con mucho dinero. Sin embargo, él, obstinado, optó por volver a pasar penurias económicas, junto a su hijo, pero en su patria. Cuando comenté este caso con usted, recuerdo que resalté, también, la actitud de respeto y defensa de los derechos del individuo que practicó en todo momento el gobierno norteamericano.
Hoy me interesa señalar que ambos casos (uno con mayor suceso mediático que el otro), tienen como referencia al gobierno de Cuba. Ambos están marcados por el respeto a los valores más nobles del individuo, según aprendimos desde la escuela, pero que –en nuestro Uruguay querido– vemos abandonar de manera uniformemente acelerada, cuando son contradictorios con la persecución del hedonismo exacerbado.
Entonces, cuando veo estos ejemplos –a los que no resisto agregar el episodio de las vacunas contra la meningitis ¿recuerda?– me permito razonar con usted, si, para juzgar la felicidad y la convivencia social y política de una nación y un pueblo, alcanza con la comparación entre los sistemas de elección de las autoridades, según ellos se parezcan o difieran del sistema adoptado por nosotros mismos, o hay muchos otros valores humanos a los que es aconsejable recurrir. *
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