Un aprendizaje en y para la lucha
No sé si lo que aprendí en la universidad de la vida por mí mismo o, si lo que otros compañeros intentaron enseñarme y asumiera lo hice bien. Esto es parte del beneficio de la duda como ejercicio para arribar por lo menos a algunas certezas.
Tuve la buena suerte de militar en el mundo sindical con compañeros entrañables como personas, como dirigentes y estrategas y llenos de conciencia de clase y, con ellos, aprendí algunas cosas que quiero compartir. En definitiva uno es un ser social por naturaleza, necesidad y convicción.
Aprendí que un conflicto siempre tiene responsabilidades compartidas y que no nace por generación espontánea o un rato antes en que se ejecuta una medida, de una u otra parte en conflicto.
Aprendí que para ser un buen delegado se debía ser un buen trabajador, tomado el trabajo como la actividad que desarrolla plenamente al ser humano y su resultado trasladado solidariamente al resto de la sociedad. En definitiva se trata de una óptica del quehacer y de una responsabilidad para evitar corromper el valor del mismo, su resultado como producto y la solidaridad con los demás, no sólo con los trabajadores sino también con todo el pueblo.
También que la dirección del sindicato tiene el derecho y el deber de orientar la asamblea a pesar de que lo que se exponga no sea «simpático» para los asambleístas o de que ponga en riesgo mi cargo de dirigente en la próxima elección. Pese a quien pese, la objetividad, la verdad y alguna otra cosa más, siempre tienen que estar encima de la mesa aunque duela si te dan un martillazo.
Aprendí a no querer ni aceptar horas extras, no por atorrante, sino porque hubo cientos, miles, que lucharon por la limitación de la jornada laboral con salario justo, además de luchar para que los adelantos de la ciencia y la tecnología sirvan para ir aliviando las cargas más pesadas de la humanidad y que por este camino debemos seguir.
Que un sindicato no es fuerte por la cantidad e intensidad de su lucha, sino fundamentalmente por la calidad de la misma y de los resultados, tanto para los afiliados como para la herramienta sindical y las necesidades del pueblo. Que para obtener un buen resultado, hay que actuar con audacia que no es lo mismo que aventurerismo. La aventura siempre tiene la «virtud» de no saber qué tenés por delante y esto en sindicalismo es por lo menos una irresponsabilidad.
Aprendí que hay que pelear por el sector a que uno pertenece sin olvidar que estamos insertos en una clase que, por supuesto, debe tener una estrategia común, porque mi lucha condiciona y compromete la de los demás.
También que para tener posibilidades de conquistar un convenio, tengo que partir de datos objetivos para no invalidar mis razones y con ello perder peso. También que la razón, como parte del poder, es incompatible con el insulto o el pechereo, éstos quizás sean un simple desahogo personal, pero nunca una actitud o una herramienta colectiva.
Aprendí que si un convenio me ahoga, tengo que negociar y si esto no tiene resultado, tengo que denunciarlo o, lo que es más claro, reventarlo.
Pero también aprendí que la otra parte puede hacer lo mismo.
Aprendí que ni mi sindicato ni la clase trabajadora en su conjunto pueden solos alterar las relaciones de poder existentes en el país para transformarlo en realmente democrático, y que en ese marco, se tiene la responsabilidad de acordar, programar y accionar con otras organizaciones sean de la especie que sean, siempre y cuando se actúe con autonomía e independencia y tengamos objetivos comunes. También que no se deben rifar futuros porque no es sólo el de uno sino el de todos.
Siempre recuerdo una frase que aprendí entre tantas: «Al que le quepa el sayo que se lo ponga». *
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