J.C. Blanco: ya nada será igual
Hace pocos días que se conoció que el ex canciller doctor Juan Carlos Blanco fue procesado con prisión por sus actuaciones durante el proceso en que fue secuestrada la maestra Helena Quinteros, de los jardines de la embajada de Venezuela.
De inmediato surgieron distintas reacciones, en su inmensa mayoría favorables a las del juez Eduardo Cavalli, pero también diversas argumentaciones de carácter jurídico.
Sobre lo jurídico, que sea la Justicia quien finalmente dirima libremente si se confirma o no la resolución del juez. Pero lo que más ha impactado del punto de vista de la memoria y de los sentimientos de una sociedad democrática como la nuestra, es la propia defensa que elaboró el abogado del inculpado. En pocas palabras: si se confirma que Elena Quinteros fue asesinada en determinada fecha, antes del 3 de mayo de 1981, el delito prescribe y, entonces, el doctor Blanco recupera su libertad.
Si bien la confirmación de la fecha del asesinato de Quinteros puede generar otras consecuencias jurídicas de signo opuesto, como que se viera agravada la acusación, no profundizo sobre este asunto que dejo también en manos de la Justicia.
De lo que quiero hablar es que cualquiera sea la resolución final de la Justicia, el doctor Juan Carlos Blanco jamás podrá liberarse del hecho de que estuvo fuertemente comprometido con la dictadura cívico-militar, y que además sabía del secuestro de Quinteros y que dentro de sus hipótesis de trabajo manejó como posible plan la aceptación del secuestro definitivo de la detenida, en un país en que no se respetaban las leyes y mucho menos los derechos humanos más elementales.
En ningún momento el ex canciller hoy detenido y procesado se planteó la más mínima posibilidad de tener un acto de dignidad mucho menos lo hizo , porque ante tan tamaña afrenta a la dignidad humana y a los principios cristianos que ahora esgrime, pudo haber renunciado al frente de la Cancillería y denunciado ante foros internacionales lo que estaba ocurriendo. Pero de eso no hizo nada, muy por el contrario se dejó ganar por una amnesia repentina, autotransformándose en un simple burócrata, como si muchos de los burócratas del nazismo no revistaran entre las listas de los asesinos. Como bien dice el fallo del juez: «Dos días tuvo el señor Blanco para elegir. Lo que optó fue colaborar con los captores e instruir al cuerpo diplomático para que salieran al mundo a decir que quienes mentían eran los funcionarios extranjeros. Se trató de una cooperación material, al llevar adelante, como cabeza de la Cancillería, un plan para distorsionar los hechos, negando la realidad». En dos días, incluso en menos de un segundo, muchos uruguayos resolvieron durante la tortura de qué lado estaban, sin canjear la vida por la traición.
Amnesia que contagió a su entorno y a su corriente política. Juan Carlos Blanco no sólo fue defendido por legisladores colorados cuando fue acusado en el Parlamento, sino que jamás compareció ante una simple comisión de ética de esa colectividad política. Fue así que Blanco fue perdonado o aceptado por sus correligionarios, mientras los mismos le iban cerrando puertas a las investigaciones de una madre, como fue Tota, que llenó de coraje a la sana mayoría de nuestra sociedad.
Se dice ahora por parte de los defensores espontáneos de Blanco, que esto puede alterar la paz, lo cual es un tremendo error o una simple cortina de humo para salvarlo. Nunca hay alteración de la paz interna porque se aplique una ley. Por el contrario esa Ley de la Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado que rechazamos en su momento, tiene el apoyo de los que votaron amarillo en 1989 pero también cuenta con el apoyo de quienes sufragamos verde. Y ese apoyo se expresa en que reconocimos el resultado del plebiscito sin haberlo violado jamás (¿todos pueden decir lo mismo?), a la vez que compartimos que haya quedado una puerta abierta para juzgar a los civiles que violaron la Constitución y las más elementales normas de convivencia humana.
La impunidad ha recibido un duro golpe. No estamos de fiesta por la suerte que pueda correr un uruguayo y mucho menos sus familiares, en tanto hemos dado muestras de generosidad inmensas para reconstruir el diálogo y la convivencia pacífica. Si estamos alegres es porque la verdad resplandece y coloca a los hombres en el lugar que cada uno resolvió asumir cuando la patria y la democracia reclamaban definiciones concretas y precisas. Por eso ya nada será igual, sin duda. *
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