Los primeros desaparecidos
Es el tema que ha manejado por estos días el periodista Roger Rodríguez en LA REPUBLICA, escribiendo sobre la confirmación –avalada por la Comisión para la paz– de la aparición de los restos de Roberto Gomensoro Josman. En nota del día 11 le atribuye al militante asesinado la calidad de «primer desaparecido en Uruguay», todavía entonces formalmente en democracia –marzo de 1973–, por lo cual el homicidio y sus autores no estarían amparados por la «ley de caducidad», cosa que ratifica al día siguiente.
No obstante, el periodista aclara que dos uruguayos fueron desaparecidos antes que Roberto Gomensoro Josman: «Abel Ayala Alvez, detenido el 14 de junio de 1971, y Héctor Castagnetto, capturado el 17 de agosto del mismo año. Probablemente, ambos víctimas del autodenominado Escuadrón de la Muerte, de origen parapolicial». Quizás la juventud del periodista lo lleva a utilizar el término «probablemente», pero lo cierto es que, sin duda, ambos militantes fueron asesinados por el mencionado «escuadrón». Así consta –apelando a la memoria– en las actas parlamentarias levantadas a instancias de Enrique Erro y Zelmar Michelini, según las declaraciones del fotógrafo policial Nelson Bardecio y algún otro testigo citado a declarar en la respectiva comisión investigadora parlamentaria. No obstante, la Justicia Penal nunca llegó a nada, como ha sucedido históricamente en otras oportunidades con materiales de investigaciones parlamentarais. Luego vino el golpe cívico-militar y el olvido, hasta la exhumación periodística, treinta años después.
El Escuadrón de la Muerte, creado a semejanza de otros grupos de asesinos operantes en América Latina con la finalidad de perseguir y eliminar militantes sociales y políticos, en democracia o en dictadura. El escuadrón uruguayo cosechó varias muertes en su breve pero siniestra existencia. Algunos de sus integrantes viven todavía impunes entre nosotros, al igual que colaboradores civiles de la dictadura, funcionarios de la misma y alcahuetes de todo calibre. Actuaron en aquel año 1971 –año electoral– intentando generar el miedo a través del crimen, entre la militancia de izquierda. Los más expuestos al asesinato y/o desaparición eran, precisamente, los presos políticos que recuperaban su libertad, marcados por el Estado –a través de una Justicia Penal presionada por el Poder Ejecutivo–, en aquel contexto represivo constituido por la dictadura legal pachequista.
Además de las desapariciones mencionadas, el escuadrón consumó en aquel invierno por lo menos dos horribles crímenes: el de Manuel Ramos Filippini y el de Ibero Gutiérrez. Con el primero salimos juntos en libertad del penal de Punta Carretas. A los pocos meses llegaron una noche a mi domicilio, y al no encontrarme siguieron hasta el de Manuel Ramos Filippini, en el Parque Batlle. Lo llevaron detrás de Kibón, en Pocitos, y lo asesinaron con crueldad inaudita. Le quebraron brazos y piernas a balazos antes de rematarlo. Tiempo después aparecía también acribillado a balazos Ibero Gutiérrez, con un cartel encima de su cuerpo que decía «vos también pediste perdón». Tal la inhumanidad de los asesinos, salidos de una repartición de inteligencia policial.
A Heber Castagnetto da Rosa lo asesinaron y luego se deshicieron del cuerpo arrojándolo al agua en la bahía de Montevideo, en el muelle Mántaras, según surge de aquellas actas, participando del operativo, al tenor de la declaración, un jefe de la Marina hoy en retiro. Es una pena que a la Comisión para la Paz no se le haya atribuido la tarea de recopilación de la información relativa a los casos de Abel Ayala Alvez y Heber Castagnetto da Rosa, tan dolorosos como todos los otros, con el aditamento de que hubo en su momento testigos, hubo imputaciones y hubo voluntad política de parte de muchos parlamentarios de todo el espectro político, que veían venir la noche negra de la dictadura.
Sumergidos en esta tremenda crisis, para la cual no vemos salida, apremiados por las circunstancias vitales, atemorizados por las incertidumbres, nivelados en la desgracia, los uruguayos debemos recordar y aclarar –como lo ha hecho el periodista– nuestra historia reciente. No con afán vengativo o desintegrador, sino con el fin de acumular la fuerza necesaria para salir adelante, guiados por el recuerdo de quienes ofrecieron tempranamente sus vidas en el camino hacia una sociedad mayor.*
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