Ancap y las joyas de la abuela
Hasta ahora hemos visto y oído que las razones esgrimidas para defender las privatizaciones de las empresas públicas van en la ruta de la eficacia para servir mejor a la población ¿Cierto? Algo así como: «hay que eliminar los monopolios estatales porque fomentan las burocracias lentas y excesivas, todo lo que redunda en servicios malos y caros». Y a partir de allí vienen las más variadas ofertas de privatizaciones a la carta, que incluyen, venta, regalo, asociación para regalar y otras lindezas.
Lo único que no nos han explicado nunca hasta ahora, es quiénes cornos hicieron ineficaces y burocráticos todos los servicios del Estado y quiénes cornos lo agrandaron tanto como para que sea necesario ahora achicarlo a como dé lugar. Aunque no es ése el asunto que quiero tratar con usted, hoy.
Yo quiero decirle que este afán creciente por vender en sus distintas formas las empresas públicas, no me termina de convencer. ¿Por qué? Pues porque siempre andan diciendo Gre Gre para decir Gregorio y yo noto que es muy discutible en el mejor de los casos– eso de que vendiendo bajan las tarifas.
Pero hete aquí que la semana pasada encontré dos perlas muy jugosas.
La primera de ellas fue publicada en el diario El Observador el sábado 12 de octubre. En la página 13, debajo del título «El gobierno central cumplió con la meta de déficit a setiembre pactada con el FMI», se publica un cuadro con el resultado financiero del gobierno central, comparándose las cifras de ingresos y egresos en los meses de setiembre de 2001 y de 2002. En él se puede apreciar un incremento sustantivo de los ingresos (recaudación de impuestos). En el cuadro de egresos se pueden apreciar disminuciones importantes en casi todos los rubros: remuneraciones, BPS, gastos e inversiones. Sin embargo, hay un modesto crecimiento de las transferencias y una disparada hacia adelante de los intereses de la deuda, que casi se multiplican por tres. De no haber ocurrido ese incremento espantoso de los intereses, la tesorería habría tenido superávit. O, dicho de otra manera, los sacrificios exigidos a la población con los aumentos de impuestos, las rebajas de sueldos y jubilaciones, no alcanzaron para cubrir el aumento de los intereses de la deuda. O, lo que es lo mismo, en los intereses de la deuda está la madre del borrego.
La segunda perla la encontrará usted en el editorial del semanario Búsqueda, del jueves 10 del corriente, página 2: «Se llegó a un punto límite. La deuda es pagable, pero no con los ingresos mensuales ni con la ayuda externa –que no es ilimitada–, sino que lo es con la entrega de activos valiosos. Más allá de lo que se pueda obtener por los entes o parte de ellos, eso constituiría una señal de seriedad muy llamativa. La voluntad de honrar la deuda sería tan fuerte, que podría generar un giro de último momento, de tal magnitud, que hasta quizá cambiaría la historia.» O sea, en buen romance, hay que pagar o achicar la deuda con los entes autónomos o parte ellos, y confiar en que, si Dios quiere y la Virgen, capaz que hasta salimos del pozo. Porque tampoco es seguro que eso ocurra. Y si no, pregunte dónde fueron a parar los diecisiete millones que se obtuvieron con la subasta de la privatización en el puerto, que nos dijeron que estaban destinados a la enseñanza, pero ésta todavía no ha visto ni un mango.
Así pues, entonces, lo invito a la hora de decidir su apoyo o no a la convocatoria de un plebiscito para decidir entre todos si vale la pena vender Ancap– a que se saque de la cabeza con peine fino la idea loca de que el propósito sea el de abaratar combustibles. La venderemos o entregaremos a manos privadas para pagar parte de la deuda externa, o, por lo menos «dar una señal de seriedad muy llamativa». *
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