Un significativo acto de justicia

Los episodios que remiten a los años de la dictadura han conmovido a la opinión pública uruguaya en estos dos últimos días.

Hoy la información reviste especial significación: por primera vez en la historia reciente del país un magistrado ha ordenado el procesamiento con prisión de un funcionario de la dictadura acusado de un delito grave y notorio.

Veintiséis años después del secuestro de Elena Quinteros y diez de iniciada la causa penal contra el ex canciller de la dictadura, Juan Carlos Blanco, el juez Eduardo Cavalli ha asumido la decisión histórica de hacer justicia en torno a un episodio sobre el que hubo muchos testimonios y pronunciamientos y también muchas presiones se ejercieron para evitar que la verdad y la justicia prevalecieran.

Desde el punto de vista que importa, desde su significación simbólica como quebrantamiento de la impunidad, el episodio marca un antes y un después y coloca a nuestro país en el camino de otros Estados de la región, como Argentina y Chile, para mencionar aquellos en que más recientemente los mecanismos jurisdiccionales han hecho caer el peso de la ley sobre secuestradores y apropiadores de niños.

Significación simbólica también personalizada en la figura de doña Tota Quinteros que durante más de dos decenios presentó sus reclamos de justicia, creyó en ella y estuvo rodeada de la solidaridad de miles de uruguayos.

En la incidencia, algunos apelaron al viejo aforismo de que la justicia «tarda pero llega».

En realidad, la justicia llegó porque hubo un juez que aspira a lo justo y porque antes hubo una acción constante de Tota y sus amigos y de muchos otros que desde las páginas del diario plural, desde las asambleas, los organismos de derechos humanos, los sindicatos, los coros de las murgas y la acción política progresista pelearon para que el secuestro de la maestra que luchaba contra la dictadura no se olvidara.

En su edición de ayer este diario difundió la palabra de una joven señora, Hortensia Correa, hija de Julio Gerardo Correa, un militante comunista desaparecido en diciembre de 1975.

Había sido detenido en diciembre de 1975, en medio de una intensa represión contra su partido.

Ahora, la Comisión para la Paz ha trasladado a la hija de Correa la información que ha recaudado.

Según da cuenta Hortensia Correa los señores Fernández y Ramela no aportaron información nueva acerca de cuándo, cómo y dónde murió su padre.

La evocación del episodio importa porque a través de las palabras de su hija se recobra la figura y la personalidad del militante desaparecido.

Como Elena Quinteros, Julio Correa fue secuestrado en el marco de la represión a los grupos que luchaban contra la dictadura.

Aquel trabajador del sindicato marítimo, de 56 años, como la joven maestra, participaban de un compromiso común, de una pasión común que los llevaba a enfrentar a la dictadura terrorista implantada después del 27 de junio de 1973.

Todos aquellos hombres y mujeres muertos por torturas o desaparecidos durante la dictadura no fueron ciudadanos desapercibidos que por azar o mala suerte atrajeron sobre sí el capricho exterminador de los represores.

En ese sentido no son «víctimas inocentes» sino luchadores que valerosamente asumieron la causa de la libertad en medio de una situación muy desfavorable.

Hoy, cuando la mirada se vuelve hacia la sede judicial en la que fiscales y jueces valerosos sustancian un acto de luminosa justicia, vale la pena evocar en Elena Quinteros y Julio Correa la peripecia de vida de miles de luchadores que no dieron tregua al despotismo instaurado en el país y lucharon sin descanso por la libertad y la democracia. *

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