¿Y quién paga?

JOSE ANTONIO ROCCA

 

En los últimos 35 años se profundizó una estrategia económica de mayor apertura comercial y financiera con el exterior y transferencia de actividades económicas desde el sector público al privado.

La impunidad financiera se adueñó del Uruguay. El sector contó con el amparo del «secreto bancario» en un proceso que fomentó depósitos y créditos de muy corto plazo; creciente dolarización; elevadísimas tasas de interés; peso excesivo de depósitos argentinos con escasos controles de ingreso y salida. Se generó un explosivo aumento de la actividad de los Bancos que canalizaron gran parte del crédito hacia la especulación financiera y el consumo. La desproporción entre la burbuja financiera y la evolución menor de la producción (de la que en definitiva se nutren las ganancias financieras) se hizo evidente y se acentuó así el riesgo de crisis bancarias, parciales o globales. La «solución» de las conducciones económicas fue clara. En los momentos de bonanza las ganancias son para los Bancos privados pero las pérdidas fueron socializadas.

Desde la crisis de los ochenta los créditos incobrables del sistema financiero se transfirieron a los bolsillos del pueblo uruguayo. Una vez saneados los Bancos volvían a figuras como los Röhm, Peirano, Benhamou. El costo del festín financiero es incalculable. Fue financiado con deuda externa, reducción del gasto social, impuestos a los sectores populares.

En buena parte de los «noventa» el producto creció impulsado por las ventas a la región, el turismo, el comercio importador, pero los frutos cayeron en los «conocidos de siempre».

La concentración de riquezas reducía el mercado local pero el abundante crédito al consumo postergó el problema acentuando su gravedad por el pago de intereses y la disminución del consumo futuro.

Paralelamente la invasión de productos importados desplazaba producción local y aumentaban los déficit comerciales.

La previsible devaluación en Brasil y crisis argentina agravaron el panorama. Desde 1999 al 2002 el descenso de la producción y el comercio reducen la recaudación del Estado El aumento de impuestos a los sectores populares y la reducción del gasto social contrae aún más la demanda, la producción y los ingresos fiscales. Los Bancos sintieron los efectos de la crisis productiva. Las dificultades para cobrar deudas en dólares y atender a sus depositantes se ampliaron. Primero se reiteró la historia. Las reservas del país se destinaron al rescate de Bancos privados. La magnitud de la crisis determinó que pese a los nuevos regalos a los banqueros el crac fuera inevitable. La raíz de la crisis es profunda y no se limita a un tema de confianza. Los dólares del Banco Central no podían cubrir al mismo tiempo los déficit comerciales, servicios de la deuda externa, sostener la cotización del dólar, y subsidiar banqueros Los acreedores del exterior dieron prioridad al servicio de la deuda y la devaluación (que puso fin a la «tablita» de los 90 o neo tablita) y la reducción del sistema financiero fueron decretados.

El aumento de precios al consumo impulsado por la devaluación del dólar provoca nuevos descensos del poder de compra de asalariados y pasivos. Es la otra cara de la misma moneda que concentra ingresos en la oligarquía.

La magnitud del «agujero negro» que deja la orgía financiera castiga además a sectores de clase media. Los depositantes de los Bancos suspendidos no saben el destino futuro de sus ahorros. Los depositantes a plazo fijo en la Banca pública son obligados a otorgar un préstamo forzoso. El «corralito» en la Banca pública le quita credibilidad y pone en riesgo a mediano plazo al Banco República que había resistido lo peor del vendaval prácticamente sin ayuda e incluso transfirió recursos para salvar a sus competidores. El supuesto apoyo de las casas centrales a los Bancos extranjeros está en duda como lo demuestra la situación argentina.

El «país de servicios» pierde vigencia. La «plaza financiera» está herida. El comercio importador se ve afectado por la devaluación y el descenso del consumo. El turismo merma por la crisis en la vecina orilla. El intento de financiar la crisis con la venta del patrimonio de los orientales amén de agravar las consecuencias futuras choca con la resistencia del pueblo Además las dimensiones del mercado local y la depresión de la demanda no atraen capitales de importancia.

El proyecto agro exportador con un Estado pequeño (pero que perdone sus deudas) no solo genera poco empleo sino que es dudosa su inserción en el mercado mundial. El estancamiento de la ganadería extensiva, y la concentración de las exportaciones son otros tantos obstáculos al potencial desarrollo sustentado en estas bases.

Pretender un «país productivo» con una creciente sangría derivada del servicio de la deuda externa, con tierras y empresas tremendamente concentradas, demanda deprimida y con un sistema financiero que cobra tasas de interés exorbitantes, no parece viable.

Puede ser momento de volver a discutir soluciones populares: reforma agraria, socialización de la Banca, renegociación y moratoria de la deuda externa. *

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