El retorno de los agitadores de fantasmas

VICTOR ROSSI

 

Construir la democracia, defenderla, desarrollarla y profundizarla, es responsabilidad sustancial del sistema político, pero también de todos los uruguayos que al asumir su condición de ciudadanos se apropian de la política. Pero en primer lugar debe ser asumida en plenitud por quienes tienen responsabilidades políticas, ya sea en el gobierno como en la oposición.

Los integrantes del Poder Ejecutivo, dentro de ese amplio marco de responsabilidades, tienen la obligación de ser los primeros en mostrar y practicar una clara sensibilidad y postura democrática, porque son los que ejercen el mayor poder que les ha dado la sociedad. No en vano el poder coercitivo, el poder de las armas, está en nuestro país concentrado en el Poder Ejecutivo. Por eso los uruguayos siempre tenemos que estar muy atentos a los comportamientos y a las actitudes que asumen los ministros del Interior y de Defensa.

Hace pocos días el Ministerio de Defensa estrenó un nuevo secretario de Estado, el profesor Yamandú Fau, quien a las pocas horas dijo en declaraciones a Búsqueda: «La misión esencial de asegurar la paz interior es de la Policía pero en su debido momento puede requerirse el apoyo de las Fuerzas Armadas para ese mantenimiento de la vida pacífica».

Idea que fue ampliada al sostener que «hay que contar con el respaldo de las Fuerzas Armadas» para que el país viva «con los valores que son tradicionales de la sociedad uruguaya».

Con pocas palabras el profesor Yamandú Fau borró en un solo acto las disposiciones constitucionales que establecen que es la Policía la encargada de la paz interna, mientras que el papel de las Fuerzas Armadas es la defensa de la Nación. En sus palabras hay como una cierta añoranza por la ley de seguridad que permitía el establecimiento del Estado de Guerra Interno, dando participación a las Fuerzas Armadas en los asuntos internos del país.

Se puede pensar que estamos ante un blooper del profesor Fau, que sería lo más deseable, pero también se puede entender como la manifestación de una concepción política que recorta el alcance de la democracia, al grado que hace de ella una burda caricatura, lo que puede ser fruto de esas caídas autoritarias a las que nos tienen acostumbrados algunos sectores del Partido Colorado, que hacen una «melange» al confundir, frecuentemente en su acción, Estado con partido y partido con gobierno.

Si a estas declaraciones le agregamos las manifestaciones del ministro del Interior Guillermo Stirling, quien en los días de los saqueos creyó descubrir una conspiración de grupos organizados – cosa que nunca pudo probar pero que ayudó a crear el escenario para llevar a conocidos ciudadanos de izquierda ante los tribunales judiciales-, podemos afirmar que estamos ante lamentables coincidencias que comienzan a perfilar una postura política peligrosa. El Foro Batllista alienta la búsqueda de desestabilizadores, como en época de la Guerra Fría se buscaban marxistas hasta detrás de los árboles. Estas manifestaciones nos muestran que hay sectores del Partido Colorado que están trabajando sobre la hipótesis de que las cosas andan mal e irán peor en el futuro lo que va a acrecentar la protesta, por lo que INTENTAN, por un lado, satanizarla, a la vez que comienzan a agitar el fantasma de la represión.

Si esto es así, desde el campo de los actores sociales y políticos comprometidos con la democracia, se debe actuar con extrema responsabilidad. No es con insultos, tampoco con escraches, que se resuelven los problemas de los uruguayos, sino que la lucha debe incorporar a nuevos sectores al escenario de la movilización social y de la participación democrática.

La tolerancia, la movilización pacífica, el debate franco, el trato firme pero de respeto para con el discrepante, no es claudicar. Por el contrario los desajustes emocionales, el radicalismo por el radicalismo en materia metodológica, provocan situaciones caóticas que favorecen a los sectores más reaccionarios, que están al acecho.

Si bien para poder andar por estos tiempos un tanto complejos no alcanza con dar recomendaciones, también es verdad que tampoco se puede andar adulando a todo lo que parezca una protesta. Es imperioso que las organizaciones sociales y las fuerzas políticas democráticas puedan abrir caminos de soluciones para centenares de miles de uruguayos que oscilan entre la desesperación y la huida del país. De otra forma la protesta se puede ir de madre, lo que sería, tal vez, del agrado del profesor y de todos aquellos que son proclives a las caídas autoritarias. *

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