La estrategia de la división
Hace catorce años –por estos días de octubre de 1988– comenzaba a gestarse una crisis interna en el Frente Amplio, crisis que desembocaría en la ruptura y posterior escisión de dos grupos fundacionales de la coalición de izquierdas. El Partido Demócrata Cristiano y el Movimiento por el Gobierno del Pueblo (la emblemática Lista 99 fundada por Zelmar Michelini en 1962) venían observando una actitud de clara disidencia con fuertes críticas hacia la conducción y el funcionamiento del Frente y exigían una «reformulación» ideológica y programática.
Sin embargo, más allá de algunos cuestionamientos más o menos atendibles, el conflicto respondía en realidad a una lucha de poder. Altos dirigentes y cuadros pegepistas estaban convencidos de que la imagen carismática de Batalla sería más seductora y atraería más votantes que la del general Seregni, por lo que proponían que su líder fuera candidato a la presidencia para la elección de noviembre de 1989; se manejó incluso la posibilidad de una doble candidatura. En abril del año siguiente, se formalizó el cisma y el PGP y el PDC conformaron un nuevo partido: el Nuevo Espacio.
Todos sabemos en qué concluyó una aventura muy aplaudida por la derecha. El Frente Amplio, aun con el desgajamiento sufrido, aumentó su caudal electoral y obtuvo por vez primera el gobierno municipal de Montevideo. El Partido Nacional, con el doctor Lacalle a la cabeza, derrotó a su rival tradicional. Y el Nuevo Espacio no logró ni siquiera conservar el electorado del 84.
Aquel intento de ofrecer a la ciudadanía una opción más de centro, más «políticamente correcta», descontaminada de «comunismo» y de «propuestas radicales», más «razonable», más «sensata», no tuvo el efecto deseado aunque sí es posible que haya servido para enlentecer el avance de la izquierda.
La máxima latina «divide et impera» no siempre da los resultados esperados pero no por ello deja de tener vigencia, y es un recurso caro a la derecha; sobre todo en estos tiempos en que el triunfo de las fuerzas progresistas parece un hecho difícil de evitar.
Los indisimulables coqueteos actuales de la prensa del establishment y de los dirigentes de los partidos tradicionales con algunas figuras de la izquierda no apuntan en rigor a otra cosa que a sembrar confusión y a generar posibles rupturas que podrían quitar fuerza y votos a la oposición.
Parece claro el interés en introducir en la conciencia de la gente ciertos conceptos que abonan la división. Es común oír la crítica de que la izquierda hace una oposición sistemática, poco seria, sin ofrecer propuestas alternativas, y que no tiene «cultura de gobierno», crítica que puede calar en algunos segmentos de la sociedad.
La realidad no es la misma que hace catorce años, pero la estrategia de la derecha sigue siendo la misma. Esperemos que vuelva a fracasar. *
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